Sala 43 bis


Por Olga Marín

Buenos Aires, 8 de julio de 2017

Aquel día me puse el vestido rojo. Agarré de la mesita de noche la foto de nuestra boda y la metí en mi bolso. Me miré en el espejo de la entrada, me puse mis gafas oscuras de siempre y salí de casa. Había caminado unos diez minutos cuando llegué a unas puertas de cristal. Saqué de mi bolso una pequeña tarjeta y comprobé la dirección. Sí, aquel era el lugar. Al acercarme, las puertas se abrieron automáticamente; entré. Frente a mí, había un sofá y una mesa ratona sobre la que se veían un teléfono, una carpeta de cuero y una jarra con flores. A su derecha, comenzaba un estrecho pasillo de paredes blancas con puertas a ambos lados. Una mujer rubia vestida de negro vino hacia mí con una amplia sonrisa. Me dio la bienvenida, me agarró de un brazo y me llevó hacia el sofá. Nos sentamos. Me sudaban las manos y tenía la boca seca.

―Es la primera vez que viene, ¿verdad? ―dijo la mujer.

―Sí. No puedo creer que esté aquí… ―contesté mientras me estiraba la falda del vestido. Ella me tocó un brazo y sonrió.

―No se preocupe, querida, relájese ¿Trajo una foto?

―Sí… ―Abrí el bolso y se la entregué.

―Perfecto ¿Ha pensado cómo le gustaría que fuera?

―No sé… Algo sencillo, supongo.

La mujer me observó, achinó los ojos, abrió la carpeta y sacó un folleto que desplegó sobre la mesa. Me mostró la multitud de ataúdes que podía elegir. Tenían una gran cantidad de calidades en una amplia gama de colores que iban desde el blanco brillante “ideal para muertos infantiles” al negro azabache “sin duda el más elegante y sobrio”. Me dijo que era habitual que el clásico entierro no convenciera, la idea de que los gusanos se comieran al muerto no llegaba a satisfacer a todos. Sentenció: “Lo entiendo”, me guiñó un ojo y con gran agilidad desplegó sobre la mesa un nuevo folleto con imágenes de urnas funerarias. Me aclaró que la de la página ocho, en arcilla índica y color terracota, estaba haciendo furor aquella temporada; pero que si elegía la de cristales de Swarovski, página doce, la cremación me saldría gratis. Me agarró una mano, me miró a los ojos y me dijo: “No hay nada como el fuego. Nada, créame”. Rehuí su mirada y le repetí que solo quería algo sencillo, sencillo y barato. Ella siguió hablándome.

―Entiendo. No se preocupe, tenemos una estupenda promoción para la primera vez, lo cerraremos en cinco minutos, ¿le parece?

Yo asentí con la cabeza y ella me dijo que todo iba a estar bien, que lo dejara en sus manos. Descolgó el teléfono, dijo “promo primera vez”, escuchó algo que le decían y colgó.

―Sala 43 bis, segunda puerta a la izquierda. Todo está listo. ―Nos levantamos del sofá, me señaló el estrecho pasillo y me enseñó sus dientes blancos antes de volverse a sentar.

Me estiré la falda del vestido y me adentré en el pasillo. Era la primera vez que me ponía el vestido rojo para salir a la calle, a mi marido le gustaba que me lo pusiera en casa, solo para él. Llegué a la puerta. Un cartel con el número 43 bis me confirmó que era la correcta. La abrí. Un vidrio transparente cruzaba la sala de pared a pared y separaba el ataúd de la zona en la que yo entraba. Cerca de la puerta, una gran pantalla negra marcaba cinco minutos con números brillantes. Al cerrar la puerta tras de mí, una luz se proyectó desde el techo al interior del cajón del muerto y comenzó una cuenta atrás en la pantalla. Agarré con fuerza mi bolso, me costaba respirar. Me acerqué al vidrio. Allí estaba él, igual que en nuestra foto de boda, pero dentro de un ataúd negro azabache. No pude evitar sonreír. Sí, era cierto, la cremación me tentaba; pero me conformaba con la idea de que los gusanos penetraran en su carne podrida y se lo fueran comiendo por dentro. No podía dejar de mirarlo, no quería dejar de hacerlo. Necesitaba recordarlo callado, inmóvil, sobre todo durante esas noches en que los gritos comienzan cuando él abre la puerta y terminan cuando él me cierra los ojos. Esas noches ansío verlo así: muerto.

El halo de luz que brotaba del techo se apagó y la imagen de mi marido desapareció del interior del ataúd. Me abalancé sobre el vidrio y contemplé el cajón vacío. Una voz mecánica comenzó a repetir “su tiempo ha terminado”. Miré la pantalla: varios ceros parpadeaban. La puerta de la sala se abrió automáticamente. Suspiré, recorrí el pasillo hasta la entrada, recuperé la fotografía y salí. Aún debía quitarme el vestido y preparar la comida antes de que él volviera a casa aquella noche.