Respuestas europeas ante el votante conservador apático


Por Ignacio Marín

Madrid, 12 de julio de 2017

Francia tuvo que elegir entre dos modelos paradigmáticos de la actual situación ideológica europea: la extrema derecha y un liberalismo diluido, atípico y apático. Un liberalismo que, con unas vagas medidas, busca atraer a un votante saturado que huye de los extremismos y de la excesiva implicación política. Es la respuesta ideal a la situación de antipartidismo que surge ante la frustración de los votantes. En España, la victoria de Emmanuel Macron y de su difícilmente catalogable En Marcha da alas al proyecto Ciudadanos, de Albert Rivera, que no aspira tanto a ocupar el palacio de La Moncloa, sino a convertirse en partido bisagra para el conservador Partido Popular (PP).

Apatía, desinterés, frustración, desmovilización. Son términos comunes para definir las tendencias actuales de las democracias de gran parte del mundo. Todo un reto para la representatividad de los modelos y, por ende, para la credibilidad de unos sistemas democráticos, a veces, de poca experiencia, como el español. Sin embargo, este fenómeno no es nuevo en absoluto. Toda democracia corre el riesgo de entrar en un periodo de apatía cuando los votantes se sienten frustrados por dilatadas crisis económicas, la perpetuación en el poder de un partido político o la dificultad de irrupción de nuevos movimientos. Esta última circunstancia suele ir pareja a un sistema electoral que premia a los partidos que más apoyo obtienen y que perjudica al voto minoritario y disperso geográficamente en aras de una supuesta estabilidad política, hecho que puede arrastrar no solo a una crisis de confianza en los partidos políticos, sino en el propio sistema representativo.

A finales de los años 80 y gran parte de los 90, en España se sufrió una apatía que amenazaba la legitimidad de su joven democracia. La irrupción de la crisis económica, la concatenación de los gobiernos del Partido Socialista Obrero Español (PSOE), la proliferación de casos de corrupción por parte del ejecutivo y el sempiterno y en apariencia irreparable problema del terrorismo provocaron un desinterés en el sistema que hizo aumentar considerablemente la abstención. Sin embargo, la aparición de un carismático político conservador, José María Aznar, al frente del PP (antigua coalición de neoliberales y cuadros del régimen franquista), junto a lo irresistible que suenan las soluciones económicas de la derecha en tiempos de incertidumbre hizo recobrar el interés en política en los últimos años de los 90. Fue un acicate para el conservadurismo en el poder, el socialismo en la oposición, las fuerzas sindicales y el denominado eurocomunismo, encuadrado ya en la coalición Izquierda Unida (IU).

La apatía actual en España

Hoy por hoy, la situación de desconfianza política en España es más grave aún si cabe. A pesar de la estimulante irrupción de nuevos partidos (Podemos y Ciudadanos) tanto a la izquierda como a la derecha de la bancada parlamentaria y de la llegada a muchos ayuntamientos, entre ellos Madrid y Barcelona, de nuevas formas de hacer política; el actual panorama está socavando, una vez más, la confianza del votante español. Una situación en la que la crisis económica es el principal protagonista, crisis ante la que el gobierno español no tiene grandes instrumentos macroeconómicos con los que maniobrar (ya que la mayoría están delegados en la administración europea) y cuya principal apuesta es el recorte social. El ciudadano afectado por estos recortes y orientado ideológicamente hacia posiciones de izquierdas era activo y solía estar encuadrado en movilizaciones como el 15M. La irrupción de Podemos hizo canalizar estos movimientos en la mera representación, pero el desengaño al no poder cumplir unas ambiciosas expectativas electorales les han conducido al desinterés. Por otro lado, la corrupción, lejos de avivar dicha movilización ciudadana o, al menos, suscitar el interés político, ha contribuido a aumentar esta apatía. El continuo desfile de representantes políticos del Partido Popular por los tribunales ha provocado que algunos juristas hayan acusado al partido conservador de ser toda una banda criminal. El ciudadano, aburrido, percibe como “ruido de fondo” toda esta información y llega hasta el peligroso punto de opinar que “todos los partidos son iguales, todos roban” y que “todos haríamos lo mismo”. Una crisis de confianza que aumenta además de manera geométrica cuando los ciudadanos más progresistas asisten atónitos al hecho de que a pesar de los escándalos, el PP afianza su liderazgo en las encuestas electorales, más que por méritos propios por ausencia de oposición.

Ante una izquierda tradicional (PSOE) enfrentada en guerras internas, una nueva izquierda (Podemos) señalada por los medios de comunicación afines al gran capital como peligrosa y radical, y una derecha desprestigiada por sus escándalos, la nueva derecha (Ciudadanos) está llamada a dar respuesta a la frustración del ciudadano desmotivado y desideologizado. Rivera, el personalísimo líder de Ciudadanos, es sobre todo un personaje pragmático. Ha sabido moverse entre propuestas políticas ambiguas, enarbolando planteamientos de izquierdas y derechas, y ofreciéndose al pacto tanto con el PP como con el PSOE. El carisma y sobriedad de Rivera, su alineamiento con la gran empresa, la ya mencionada ambigüedad (en especial con temas morales que suscitan polémica) y el rechazo de los planteamientos de la nueva izquierda en pos de una supuesta estabilidad han provocado el interés del votante desencantado. Un votante, en su mayoría del PP, que busca innovar, participar con su voto en la denominada nueva política, pero que no quiere arriesgar el más mínimo ápice del statu quo conformado por los poderes tradicionales. A pesar de cierta vaguedad ideológica concienzudamente intencionada, en la práctica, se ha demostrado la tendencia a la que se adscribe Ciudadanos. Por ejemplo, brindaron el apoyo que posibilitó gobiernos conservadores en el Gobierno Central, en la Comunidad de Madrid o en la región de Murcia; apoyos que prometieron retirar ante posibles escándalos de corrupción, escándalos que efectivamente se están dando. Sus propios votantes lamentan la tibieza de Ciudadanos con sus enfangados socios de gobierno.

Los votantes de derechas y los desilusionados con el PSOE, que se pueden sentir seducidos por esta tendenciosa transversalidad, no son ajenos a que Ciudadanos se ubica en la derecha o en la intencionalmente denominada centro-derecha, un segmento ideológico que pertenece por derecho propio al PP. Desde la recuperación de la democracia en 1975, los conservadores se han esforzado considerablemente por aglutinar toda la amalgama de fuerzas de derechas existente, desde los añorantes del régimen franquista, hasta los democristianos más europeístas. Por eso, en el imaginario del votante es complicado abrir nuevos nichos en el flanco derecho, por lo que Rivera es consciente de que Ciudadanos siempre jugará un papel de acompañamiento del PP, de partido bisagra para suministrar los escaños y los apoyos que la derecha tradicional pueda necesitar (como se está comprobando tanto en las cortes nacionales como en los parlamentos autonómicos). Es lo que en ciclismo se llama gregario, aquel corredor que trabaja para facilitar la victoria del líder del equipo.

En las consolidadas democracias europeas, tanto Ciudadanos como En Marcha formarían parte del segmento ideológico denominado demoliberalismo, socioliberalismo o, a veces, simplemente liberalismo. En España, desde tiempos de la Unión de Centro Democrático (UCD), de gran importancia en la transición del régimen franquista a la democracia en los años 70, y con una imprecisión ideológica similar a la de Ciudadanos, nadie ocupaba ese nicho. Su objetivo era el mismo que el del partido de Rivera: acaparar a la mayor cantidad de votantes dando por buena su falta de definición ideológica. UCD obtuvo un gran éxito durante algunos años, pero este flanco dejó de interesar al votante. En Europa, estos partidos han tenido tradicionalmente un volumen de votos residual, pero vital para la conformación de gobiernos. Es el caso de los Lib Dems en el Reino Unido o del FDP alemán, tradicionales aliados de los conservadores o de los progresistas según la situación. El fortalecimiento de este movimiento centrista liberal es una de las respuestas europeas ante la crisis de confianza del ciudadano, junto a los nuevos movimientos de izquierdas y a la reaparición de la extrema derecha. El éxito de Syriza en Grecia, Die Linke en Alemania o el Bloco de Esquerda en Portugal está sorprendiendo a politólogos de todo el mundo que se esfuerzan en saber dónde trazar la línea entre las viejas y las nuevas tendencias de la izquierda. En el lado opuesto, la demagogia del discurso de los partidos de extrema derecha o populismo de derechas logra en ciertos países tanto éxito electoral como perjuicio en la legitimidad de sus sistemas representativos. Es el caso del Frente Nacional en Francia, el UKIP en Reino Unido o el Partido por la Libertad neerlandés.

El caso francés: Le Pen vs. Macron

El más reciente e importante enfrentamiento entre las nuevas fuerzas políticas ha tenido como escenario Francia. El pulso entre el Frente Nacional de Marine Le Pen y En Marcha de Macron cayó del lado de este último gracias, en parte, al sistema electoral de dos vueltas imperante en el país galo. Macron, al igual que Rivera, es un político veleta que se mueve según sople el viento. Todo un camaleón político que se educó en la militancia del Partido Socialista francés (PS), trabajó en la dudosamente reputada banca de inversiones en plena crisis económica y fue ministro de Economía durante la más que mejorable gestión de su predecesor, François Hollande. Supo leer que el sistema tradicional de partidos, especialmente el PS al que pertenecía, estaba agotado. En 2016 lideró el movimiento La República En Marcha, abandonando su militancia socialista y abanderando un ambiguo centro liberal que obtuvo los exitosos retornos con los que Rivera sueña. Macron ha sabido entender que en Francia era necesario un cambio de rumbo, una ruptura con las antiguas formas, y era consciente de que el enfrentamiento con Le Pen le iba a beneficiar.

En la primera vuelta de las elecciones presidenciales, el Frente Nacional logró el apoyo necesario para disputar la segunda vuelta con En Marcha beneficiado por los escándalos y la desastrosa imagen de división interna que ofrecían respectivamente “gaullistas” y socialistas. Le Pen había cosechado un considerable éxito gracias a su populista discurso antieuropeísta, racista y nacionalista. Un discurso que caló profundamente en las clases populares del medio rural francés, a quienes convencieron de culpar a la Unión Europea, la inmigración y los refugiados de problemas como la crisis económica, el paro, la desindustrialización e incluso el terrorismo. La segunda vuelta era efectivamente el as en la manga de Macron. El sistema de las elecciones presidenciales francesas está concebido para que los dos candidatos más votados de la primera vuelta se enfrenten en la segunda y, de este modo, evitar el acceso al Elíseo de propuestas extremistas, justo lo que ocurrió en los recientes comicios. El discurso xenófobo de Le Pen junto al recuerdo antisemita y colaboracionista del Frente Nacional (un partido con un recorrido en Francia tan largo como escandaloso) animó a los votantes de los partidos tradicionales derrotados a prestar su voto a Macron. Un préstamo nada simpático, ya que el décimo presidente de la V República, el jefe de Estado más joven desde Napoleón, tiene por delante una legislatura bajo la lupa de los defensores del sistema de partidos tradicionales. En definitiva, gracias a este modelo, la derrota de Le Pen era previsible y quizás la victoria de Macron también.

En España, Ciudadanos hace suya la victoria de Macron, la percibe como un espejo donde mirarse, un ejemplo a seguir, una estructura a repetir. Tienen razones para soñar: comparten un sistema tradicional de partidos agotado, un votante apático pero conservador, un líder pragmático bien relacionado con el poder, una ideología transversal y un rechazo tanto a los experimentos como a los extremismos. Sin embargo, Rivera ha de ser consciente de que su mayor aliado político es también su mayor obstáculo. Francia no cuenta con un partido conservador tan insólito como el PP, capaz de crecer en los sondeos mientras se descubre que sus líderes perpetraron el mayor desfalco de la democracia española. Además, el sistema presidencialista francés con sus elecciones con dos vueltas ha aupado al centro liberal, mientras que el excluyente sistema parlamentario español permite menos sorpresas aún que sus vecinos del norte. Rivera es consciente de que su juego ha de ser funcionar como bisagra, como gregario del PP, e ir recogiendo sus migajas. Para desgracia de Ciudadanos, valga la redundancia, las comparaciones en Política Comparada son odiosas.


REFERENCIAS

AA.VV. “Ciudadanos y partidos en el sur de Europa: los sentimientos antipartidistas”, Revista Española de Investigaciones Sociológicas, 101/03, pp. 9-48.

BASSETS, M. (2017) “Macron gana las elecciones presidenciales en Francia”, extraído de http://internacional.elpais.com/internacional/2017/05/07/actualidad/1494170800_057448.html (recuperado el 13/05/2017).

BASSETS, M. (2017) “Macron se enfrenta a Le Pen como favorito en la segunda vuelta”, extraído de http://internacional.elpais.com/internacional/2017/04/23/actualidad/1492971204_654849.html (recuperado el 13/05/2017).

CAMPOS, C. (2017) “¿Hay espacio en un país como España para un partido como Ciudadanos?”, extraído de http://www.elespanol.com/opinion/tribunas/20170202/190850915_12.html (recuperado el 13/05/2017).