¿Por qué no se da paso a una escuela democrática?


Por Pía Cecilia Torres

Buenos Aires, 5 de marzo de 2018

 “La educación del futuro deberá velar por que la idea de unidad de la especie humana no borre la de su diversidad, y que la de su diversidad no borre la de la unidad. Existe una unidad humana. Existe una diversidad humana […]. Las culturas y las sociedades más diversas tienen principios generadores u organizadores comunes. Es la unidad humana la que lleva en sí los principios de sus múltiples diversidades. Comprender lo humano es comprender su unidad en la diversidad, su diversidad en la unidad. Hay que concebir la unidad de lo múltiple, la multiplicidad del uno.”
Edgar Morin, 1999

 

La pedagogía moderna nos vendió la escuela como un modelo integrador, propagador de conocimientos para todos. Sin embargo, la realidad ha terminado demostrando que la escuela es una mera agencia destinada a preservar el vigente desorden social. Este concepto ha llevado a considerar que hay colectivos “no educables” o, al menos, educables de manera limitada.

En este sentido, el reproductivismo cultural desarrollado por el sociólogo francés Pierre Bourdieu concebía la escuela ligada a la cultura, las clases sociales y la dominación. Así, este autor planteaba el concepto de capital cultural previo para referirse al que poseen las clases sociales altas, gracias al cual obtienen mejores resultados en la escuela que cualquier otro grupo social. Según esta línea de pensamiento, los individuos que poseen un menor capital cultural (clases medias, clases bajas y minorías étnicas) tienen peor rendimiento y, por tanto, deben dirigirse a carreras menos prestigiosas. De este modo, el planteamiento de Bourdieu transforma a la escuela en el lugar donde se legitima el capital cultural dominante, consiguiendo así perpetuar tanto los privilegios culturales como los de clase.

Obediencia y dependencia

La pedagogía moderna partía de una idea central: el hombre se convierte en Hombre por medio de la escuela. Sí, Hombre con mayúscula y considerado como la sociedad.

Para ello, las formas de educar se basaban principalmente en tres planteamientos. En primer lugar, el método tenía que ser uniforme y se denominaba “el orden en todo”. Por otro lado, se educaba al niño desde la obediencia, la dependencia y su susceptibilidad de ser amado. Finalmente, el último elemento en juego era la alianza escuela-familia. Esta alianza dentro de la escuela moderna se sostenía mediante el discurso pedagógico, donde se otorgaba la tutela del infante al maestro, siendo este el encargado de preparar al niño con un saber que le serviría para la vida adulta. Por su parte, la escuela aceptaba al alumnado con la condición de que fuera la cultura escolar la que predominara en caso de conflicto; siendo estas pautas de la cultura escolar las que deberían predominar si se producía un enfrentamiento dentro de las dependencias de la institución educativa.

En Argentina, este tipo de pedagogía  vino de la mano de Sarmiento. El expresidente se inclinó por la construcción de una nación bajo la idea de que solo sería perdurable si se lograban producir nuevos sujetos civilizados por medio de la educación. Así, propuso en varias ocasiones la eliminación física de gauchos e indios, ya que eran la “barbarie rural”. Obvia destacar el carácter antidemocrático de la exterminación de todos los sujetos que caían dentro de la descripción de “barbarie”. En cualquier caso, la política y pedagoga argentina Adriana Puiggrós ya explicitó que esta educación moderna, la cual prometía conducir a un modelo más democrático y productivo, solo era posible a costa de reprimir o de exterminar a una parte de la población. De este modo, la fundación y la expansión de los sistemas escolares se dio al calor de un arraigado optimismo pedagógico, que implicaba que personas educadas construirían sociedades modernas.

Dentro de este modelo claramente homogeneizador, son numerosas las desigualdades educativas que a diario aparecen en la práctica pedagógica. Un ejemplo naturalizado en el discurso y en la práctica docente es la categoría de buenos y de malos alumnos. Esta clasificación se realiza sobre la base del ya mencionado capital cultural o habitus, a partir del que se plantean las diferentes posibilidades de éxito o de fracaso educativo del alumno. Así, lo que cada niño trae consigo, sus subjetividades o su origen social y cultural, conlleva a una desigualdad de oportunidades que se legitima desde la escuela. Esta escuela, lejos de transmitir un saber neutro, científico y universal, infravalora los conocimientos y esquemas de actuación de los sectores populares, signándolos como impropios e incultos y reivindicando la cultura legítima, aquella que corresponde a la clase socialmente dominante.

Un sistema educativo cómplice de exclusión

Veamos un ejemplo real. El caso de un niño que vive en una pequeña zona rural, donde solo hay una escuela, en este caso, pública. Su madre está separada y trabaja como auxiliar de limpieza en la guardería municipal. En repetidas ocasiones, la escuela se pone en contacto con la madre del niño, debido a su mal comportamiento, y le sugieren que comience un tratamiento psicológico con el objeto de mejorar su conducta. La  madre, preocupada y obviamente comprometida con su hijo, accede sin ningún tipo de resistencia a dicha sugerencia, por lo que se lleva a cabo el trabajo terapéutico, incluyendo cambios a nivel familiar. Sin embargo, llega un momento en el que la madre no puede afrontar los costos del tratamiento y tiene que interrumpirlo.

Unos meses después, la intendenta del municipio se pone en contacto con la madre del niño para convocarla a una reunión por el tema de su hijo. La madre acude al despacho de la intendenta que, junto con una jueza de paz, la esperan con un informe en el que se le comunica que de no hacer nada con respecto a la conducta de su hijo en la escuela tendrán que tomar medidas. Así, advierten a la madre que se verán forzadas a quitarle la tenencia de su hijo, alegando y elevando los informes de conducta de la escuela al Ministerio de Educación, y a buscar un reformatorio o una familia sustituta para reubicar al niño.

Desesperada, la madre del niño decide cambiarlo de escuela. No obstante, cuando va a buscar los papeles de su hijo a la escuela y comenta a la directora todo lo sucedido, descubre que la directora de la institución educativa no sabe nada al respecto. En cualquier caso, la directora le entrega el pase a otro establecimiento e invita al niño a que vaya a la escuela por última vez a despedirse de sus compañeros.

Como vemos, la diferencia de oportunidades existe dentro de la educación, diferencias que la escuela acepta y legitima, aunque estén construidas sobre la base del poder y de la dominación del capital cultural.

Hacia una educación sin miedo a la libertad

Uno de los pilares fundamentales del modelo capitalista neoliberal es formar empleados. En este sentido, la educación es vista como una fábrica, generadora de desigualdades sociales. En pocas palabras: “hay un patrón, hay que obedecer”.

En este tipo de escuela represiva, donde el miedo está presente de manera constante, se genera la manipulación del capital cultural entre los diferentes actores del sistema educativo, generando vínculos perversos, vacíos de  empatía y de sensibilidad humana. Este modelo favorece la mano dura como única receta para resolver los conflictos en el aula, unida a sanciones y expulsiones, así como a una mayor presencia policial en los centros educativos. Es decir, se prioriza una concepción de la educación cercana al mantenimiento de “la ley y el orden” y alejada de la libertad.

De este modo, se trabaja el fantasma del miedo con todos los actores del sistema educativo. Por un lado, los docentes tienen miedo a ser despedidos de su lugar de trabajo por no cumplir con lo que les pide su superior o por el cuestionamiento de su saber por parte de  los estudiantes, hecho que además alimenta un vínculo hostil, lejano a la empatía entre docente y estudiante. Por su lado, los estudiantes tienen miedo a no aprobar, a ser excluidos del sistema. Y las familias tienen miedo a romper con el mandato social de educar. Detrás de todos ellos, el poder justifica unas reglas y normas represivas para la obtención de una “buena conducta” sobrealimentada de miedo a la libertad.

Ante este panorama, la escuela se atreve hoy a realizar una crítica hacia este modelo neoliberal de educación, posibilitando nuevas miradas hacia una educación más preventiva y democrática. Para ello, es necesario prevenir los conflictos mediante una intervención educativa previa, sostenida y global, haciendo uso del diálogo, la mediación, la negociación y otras prácticas democráticas que cimenten la educación sobre la corresponsabilidad de todos los actores de la comunidad escolar.

Así, algunos educadores, pedagogos, sociólogos e incluso familias de esta comunidad escolar cuestionan en muchos casos el accionar del modelo. Cuestionamiento que empieza a hacer ruido en la sociedad, y que va dejando atrás el miedo y el silencio para transformarse en palabras y, si es necesario, en gritos para conseguir ser escuchado.

Por suerte, hay importantes avances teóricos que muestran el cambio de modelo, sin embargo, aún falta lo más importante: su puesta en práctica. ¿A qué se debe este retraso en su aplicación real? ¿Faltan políticas de Estado más concretas?  ¿O es que todavía hay demasiado miedo?

 


REFERENCIAS

BOURDIEU, P. y PASSERON, J. (1977) La preproducción. Elementos para una teoría del sistema de enseñanza, Barcelona, Laia.

CARBONELL SEBARROJA, J. (2008) Una educación para mañana, Barcelona, Editorial Octaedro.

MORIN, E. (1999) Los siete saberes necesarios para la educación del futuro, Paris, UNESCO.

PUIGGRÓS, A. (1990) Sujetos, disciplina y currículo en los orígenes del sistema educativo argentino (1885-1916), Buenos Aires, Editorial Galerna.