Los foros: democracia en tiempos de posverdad


Por Luis Vivori

Buenos Aires, 15 de agosto de 2017

Ha corrido mucha agua bajo el puente desde el nacimiento del concepto de democracia. El surgimiento de los medios masivos de comunicación, primero, y de internet y de las redes sociales, después, ofreció nuevos escenarios para poner en práctica este sistema de organización social. De entre ellos, los llamados “foros de lectores” de los sitios de noticias son de los más concurridos desde sus orígenes.
¿Son estos foros una nueva forma de participación democrática? ¿Los foristas son denunciadores del poder devorador de los grandes medios o solo provocadores anónimos ansiosos por sacarse la bronca o por trolear políticamente? ¿Estaremos en presencia de un nuevo truco del capitalismo para evitar consensos?

“La democracia se degrada cuando se destruyen los medios de participación colectiva. Solo a través de la continua intervención de los ciudadanos en la arena pública podrá mantenerse viva la libertad”, así alentaba a la participación y a una democracia activa el jurista francés Alex de Tocqueville, casi dos siglos atrás. Tocqueville estaba enamorado de la forma en que los americanos del norte ejercían aquella democracia ideada en la antigua Atenas de Platón y Aristóteles. Él encontraba en EE. UU. un modelo político que facilitaba a sus ciudadanos la posibilidad de asociarse y organizarse para poder ejercer una influencia directa en las decisiones públicas. El devenir de dicho país fue derribando aquel entusiasmo inicial, aunque Tocqueville no llegaría a ser testigo de su desmoronamiento (mejor para él).

La arena pública en la red de redes

¿Cuál sería hoy esa arena pública de la que hablaba Tocqueville? Es un hecho que, desde mediados del siglo XX, buena parte de las batallas políticas tienen como límites geográficos las propias fronteras de los medios de comunicación. Además, dentro de estos medios, se despliegan también otro tipo de combates. Quiénes son sus protagonistas sería uno de ellos. Obvia decir que la mayoría de los micrófonos se los llevan los políticos (designados de forma “oficial” para ejercer la democracia), pero los ciudadanos anónimos o “de a pie”, como les gusta definirlos a los medios de comunicación, han sabido encontrar su propia caja de resonancia pública: los foros.

“Foro” proviene de forum: lugar público, abierto y de encuentro. En la antigua Roma, los foros eran lugares con forma rectangular emplazados en cada ciudad, en especial en la plaza pública (Forum Romanum), donde se debatía sobre los hechos más importantes de la comunidad. Una vez surgida la red de redes, los usuarios particulares y luego los sitios de noticias buscaron la manera de generar participación en sus contenidos. Así fue como dieron forma propia al concepto de foro y lo constituyeron como una herramienta de debate y de opinión. Herramienta que, al poco tiempo de nacer, se reprodujo en cada sitio web, casi como un ritual imposible de evadir. De entre toda su variopinta gama, encontramos en los sitios de los medios tradicionales de noticias los foros más vinculados al debate político e ideológico. Los encontramos, porque algunos de ellos tienen normas estrictas de participación o introducen la figura de un moderador para regular las intervenciones u obligan a registrarse. En cualquier caso, el juego es comentar, contestar o rebatir argumentos planteados por otros participantes (elementos propios del juego democrático). Opinar con libertad y argumentación sobre temas importantes para la comunidad, ¿no era esto lo que planteaba Tocqueville?

En principio, esa arena pública, la de los foros (a diferencia de la que maravillaba a Tocqueville), no es vinculante, es decir, no se toman decisiones a partir de esas opiniones. Esto no significa, claro está, que no tengan ningún tipo de influencia. Es más, los microclimas producidos en este tipo de espacios de participación funcionan como correa de transmisión de ciertos planteos o lugares comunes y tienen una reproducción en escenarios electorales y/o políticos. Todo esto más allá de la certeza o solidez de lo debatido por los foristas y de la mayor o menor masividad del sitio en el que lo hagan (los más concurridos tienen alrededor de 2.000 comentarios por nota). Y sí, influyen, como toda idea que sobrevuela el espacio de las redes sociales. De ahí la importancia de aprender a “volar” y, en estas lides, no suelen faltar maestros. En 2015, especialistas en Relaciones Sociales de la Universidad de Cornell (EE. UU.) realizaron un estudio con el propósito de construir una especie de “decálogo para abordar una discusión en los foros”. Entre otros conceptos, estos expertos recomendaban intervenir con rapidez, “clave para presentar una primera postura ante un choque de ideas”, o trabajar en conjunto, ya que “cuantas más personas estén de acuerdo en una misma postura, más fácil será evidenciar los puntos erróneos de la postura opuesta”.

Foristas, comentadores anónimos de la nada

En principio, debe aceptarse que los foros e internet en su conjunto han permitido la presencia de muchas más voces en el espacio público. Cualquier hijo de vecino, más allá de su formación, credo o clase social, puede comentar en un foro. Sin embargo, ¿son estas participaciones similares a aquellas del ágora griega? Lo cierto es que aquellas experiencias, aunque no llegaban a toda la población, implicaban defender una idea en cuerpo y alma. Por el contrario, los foristas de hoy ejercen un anonimato que les otorga cierta impunidad. No hace falta visitar muy a menudo este tipo de foros para comprobar los niveles de agresión e intolerancia que destilan, propios de alguien que no tiene a su “contrincante” delante de él. De hecho, esta virulencia es vox pópuli y material de discusión para periodistas, comunicadores y cualquier concurrente a internet. Se trata de un problema de formas y de contenidos en el que prepondera la falta de interés por el planteo del otro y una nula búsqueda de consenso, ya que se trata de imponer una idea, no de alcanzar una síntesis.

Además, la agresividad siempre tiene consecuencias. Ayuda bastante a reconocer sus efectos las palabras que Dominique Brossard, profesora de Ciencias de la Comunicación en la Universidad de Wisconsin-Madison, nos dice al respecto: “Los comentarios rudos tienden a polarizar a los lectores. ¿Eso significa que saca lo mejor o lo peor de nosotros? Yo no diría eso. Más bien, podría sacar aquello que las costumbres sociales restringen”. Con el objeto de tener precisiones al respecto, Brossard junto a su colega Dietram Scheufele llevaron a cabo una investigación para la Universidad George Mason. Este estudio consistía en pedir a más de mil personas que leyeran una publicación en un blog. Luego, a la mitad de los participantes se les mostraron los comentarios realizados por lectores “civilizados” (así fueron denominados en el estudio) y a la otra mitad, las publicaciones cargadas de descalificaciones, insultos y obscenidades. “Los comentarios descorteses no solo polarizaron a los lectores, sino que a menudo cambiaron la interpretación que el participante hacía del artículo”. Es decir, el clima de agresividad y descalificación tiñó todos los comentarios, embarrando y desvirtuando cualquier debate “sano” que pudiera llevar a conclusiones útiles.

Por otro lado, si bien masificación o apertura son palabras que sugieren un fortalecimiento del ideal democratizador, no pareciera ser el caso. “Cuanta más gente participa, menos gente puede seguir el debate […]. A más comunicación, más ruido y menos posibilidad de debate”, explica Leandro Zanoni, periodista y autor de El imperio digital. Para Zanoni, no solo el anonimato alienta y desinhibe al forista, también se observa en él cierto narcisismo y necesidad de trascender. “Los foros operan como un canalizador de la disconformidad de la gente sobre muchísimos aspectos, y de posturas sobre temas de coyuntura acerca de los que necesita expresarse, como lo hace con los llamados a la radio o las cartas de lectores. La tecnología permite que opinar sea simple y hay cierta fascinación por ver la propia opinión reflejada y que otros te respondan”, confirma Zanoni.

A su vez, aparecen en paralelo otros fenómenos en las redes, a veces creados de manera organizada, otras, de forma peregrina. Uno de ellos es el llamado trol. Así es como se denomina, en la jerga de internet, a la persona que publica mensajes provocadores o tendenciosos. No es azarosa su definición. En inglés, troll significa pescar. En este contexto, un trol de las redes sería una persona que sale a “pescar”, a que alguien “muerda el anzuelo”. Como es evidente, no hay debate posible ni búsqueda de consenso con quien está “trabajando” para imponer una idea. De forma no tan sistémica, podemos distinguir otro grupo, el de aquellos que descreen de los medios tradicionales de comunicación y utilizan los foros para poner en duda cada una de las informaciones que estos medios publican. Una especie de barricada de resistencia frente al peso demoledor de los poderes mediáticos.

Por último, resulta interesante observar cómo el sistema de foros construye, aunque con timidez, su propia codificación o lenguaje. Si bien, por cierta falta de volumen o innovación, no alcance para definirla como una nueva forma de comunicación, esta codificación forista sí agrega su propio color y marcas al idioma. Algo especial para el debate cotidiano de nichos como el de la política. Así, ciertos ejercicios de la política tradicional, como la chicana (forma irónica que puede tomar un debate), se hace moneda corriente en estos intercambios y se redimensiona. Incorpora para ello, entre otros agregados, ocurrentes apelativos para los personajes públicos. Por ejemplo, los foristas inventan sobrenombres que juegan con alguna característica distintiva de la persona en cuestión, característica negativa, desde ya. En estos espacios, la expresidenta Cristina Kirchner se transforma en “Kretina”, el también expresidente Fernando De la Rúa, en “Fernando de la Duda”, el vocero/periodista del grupo Clarín Jorge Lanata en “Jorge Larrata” o la vicepresidenta Gabriela Michetti en “Gabriela Muychetti”. Estas construcciones idiomáticas traspasan muchas veces el mundo virtual para instalarse en el lenguaje cotidiano de los ciudadanos.

Reflexiones finales

Nacidos como una nueva posibilidad de participación y convivencia democrática, los foros cambiaron muy pronto su rumbo. Si bien no se debe ni censurar ni objetar una legítima forma de meterse en el debate público, asustan las formas y contenidos que allí se vierten. Al mismo tiempo, se hace difícil precisar y generalizar sobre la psicología e intenciones de quienes frecuentan estos foros. Lo que sí es cierto es que algunos de los aspectos enunciados y el breve análisis de los mismos nos permiten recoger algunas reflexiones finales.

En principio, los foristas no se diferencian en exceso de los habituales habitantes de las redes sociales. Como a aquellos, los caracteriza la misma agresividad y falta de voluntad para convivir con la opinión ajena. Más allá de que sean foristas impunes escondidos detrás del anonimato, narcisistas en busca de fama o periodistas frustrados; sobrevuela sobre ellos una problemática más generalizadora. ¿No serán estos foristas la cara salvaje e histérica de un fenómeno que atañe a la sociedad en su conjunto? ¿No estaremos en presencia de una crisis de los conceptos de democracia y convivencia?

En definitiva, las chicanas inconducentes, así como la incapacidad para aceptar que el otro pueda tener razón o para reconocer la inexistencia de una verdad absoluta son componentes habituales de la vida moderna. Al menos así se percibe en estas latitudes, incluso excediendo los límites de la actividad política propiamente dicha. Nadie parece reparar en la significativa proeza que implica ponerse de acuerdo, lograr una síntesis que nos mejore a todos, aun asumiendo que sobre determinados tópicos no hay consenso posible (como la discusión sobre el reparto entre sus habitantes de lo que cada nación produce). Hay grises, pero sobre esos grises tampoco nos ponemos de acuerdo.

La democracia es vapuleada por aquí y por allá. La creencia en sus virtudes impolutas ha quedado muy lejos. Tal vez en aquellos días que permitieron a Platón y a Aristóteles reflexionar sobre ella con optimismo o en los que llevaron a un entusiasta Tocqueville a pontificar sus bondades. Sin embargo, puede ser que haya llegado el momento de discutir en serio qué es hoy eso de la democracia. De no hacerlo, siempre nos quedará un camino más sencillo y descomprometido, el de espantarnos frente a las batallas dialécticas de bajo vuelo, poco seso y mucho odio que ofrecen los foros.


REFERENCIAS

BROSSARD, D. y SCHEUFELE, D. (2013) “The ‘Nasty Effect’: online incivility and risk perceptions of emerging technologies”, extraído de http://onlinelibrary.wiley.com/doi/10.1111/jcc4.12009/abstract

CORNELL UNIVERSITY (2015) “Siete consejos para ganar una discusión en un foro de internet, extraído de http://www.infobae.com/2016/02/23/1790913-siete-consejos-ganar-una-discusion-un-foro-internet/

TOCQUEVILLE, A. (1835) Democracia en América, París, Gallimard (1992).

ZANONI, L. (2008) El imperio digital, Buenos Aires, Ediciones B.