La guerra de trincheras del sistema-mundo capitalista


Por Juan Pablo Ruiz

Córdoba, 11 de septiembre de 2017

 “En el actual sistema-mundo, el modo de producción es capitalista, es decir, basado en la acumulación incesante de capital. Su estructura es la de una división social del trabajo entre centro y periferia que posibilita y ampara el intercambio desigual”.
Immanuel Wallerstein, 2004

No debe haber ningún sistema económico más estudiado y analizado que el capitalismo. La literatura en torno a él es inabarcable y se producen nuevos textos de manera permanente. La crisis de las hipotecas del año 2008 provocó una superproducción al respecto repleta de nuevas tesis generadas por la necesidad de entender semejante situación. Fueron best seller varios premios nobeles de economía, tomaron relevancia  escuelas económicas que venían criticando el sistema capitalista desde hacía tiempo e, incluso, fue reeditado El capital, de Karl Marx.

Bajo este dogma, en los medios masivos de comunicación, aparecieron los economistas, unos Moisés modernos con la misión de traducir los versículos sagrados del libre mercado al resto de los mortales. Igual que sucedía durante el Medioevo con las leyes de Dios, que no podían cuestionarse, hoy en día estos economistas intentan que las leyes de la economía se consideren superiores y así la sociedad no pueda debatir ni modificar los planes económicos. Nosotros vamos a intentar hacerlo.

Primera trinchera: el capitalismo como dogma

De entrada, responder a esta primera pregunta nos sumergirá en un debate político, ya que dejará en evidencia qué mirada del mundo tenemos.

Por un lado, para la escuela de Chicago, el capitalismo es el sistema en el que mandan las reglas de la economía y del mercado, consideradas como verdades absolutas (al igual que las leyes matemáticas) y, por lo tanto, indiscutibles, no politizables.

Por otro lado, el sociólogo estadounidense Immanuel Wallerstein sostiene que el capitalista es “un sistema histórico, lo que quiere decir que nació, se ha desarrollado y algún día dejará de existir (desintegrándose o transformándose sustancialmente)”. Esto supone que es un sistema creado por la sociedad humana y que no es producto de un mandato celestial ni de un dogma religioso ni de una operación algebraica. Su consideración como histórico significa que no siempre existió y que tampoco tiene que existir por siempre, es decir, que tiene finitud.

En ese sentido, la victoria del neoliberalismo en nuestras sociedades es un triunfo político más que económico. Su gran éxito consiste en ubicar a la ciencia económica y a dicho sistema capitalista en un lugar aparentemente superior, donde la razón no puede ingresar. Es decir, en transformar la economía política en una ciencia exacta en vez de considerarla como lo que es: una ciencia social. Con este recurso discursivo, se ocultan a la sociedad los intereses que se disputan en la ciencia económica o, mejor dicho, en la economía política.

Si partimos del concepto de hegemonía planteado por el filósofo Antonio Gramsci: “Poder cultural del que goza el grupo dominante para dirigir a la sociedad en una dirección que no solo sirve a sus intereses, sino que, además, es asumida por el resto de grupos como conforme a sus intereses”, las ideas neoliberales son hegemónicas. En la actualidad, esta supremacía neoliberal se asienta en haber logrado que amplios sectores de la sociedad perciban el sistema capitalista como un modelo con leyes y normas inmodificables. En cambio, el consenso y la supremacía alcanzados a nivel político no se han traducido en la conformación de una sociedad socialmente justa, sino todo lo contrario. Esta hegemonía neoliberal ha expandido la pobreza, la precariedad, la desigualdad y la concentración de la riqueza a niveles desconocidos antes de su existencia.

Sin embargo, el capitalismo no siempre gozó de dicha hegemonía ni fue percibido como un sistema inmodificable. Si nos retrotraemos a la Rusia zarista, los bolcheviques estaban convencidos de que el capitalismo conducía inexorablemente a la barbarie. Dicho convencimiento no fue una construcción discursiva, sino más bien la culminación de un acumulado social y político que ponía en disputa las distintas formas de concebir  la sociedad. Para los bolcheviques, el sistema capitalista era una construcción histórica de la burguesía y ellos tenían el deber de reemplazarlo por otro sistema económico. En el mismo sentido, durante la configuración del Estado de bienestar en el siglo XX, se intentó construir un modelo capitalista con justicia social, que atenuara las injusticias que el capitalismo trae consigo, lo que originó doctrinas económicas claramente distintas a la ortodoxia neoliberal.

En cualquier caso, el carácter histórico del sistema capitalista lo convierte en un producto social y, en consecuencia, discutible y politizable. Por lo tanto, conseguir que las mayorías populares consideren que el sistema-mundo capitalista es modificable se convierte en la primera batalla que hay que librar. Se trata de poner los intereses de las mayorías populares por encima de los postulados económicos que camuflan los intereses de las minorías privilegiadas. Aquí, tenemos un primer punto de ruptura con el pensamiento neoliberal hegemónico desde el que se debe construir una nueva narrativa política.

Segunda trinchera: la mano invisible del mercado

La segunda batalla de ideas que debemos librar es dejar de entender el capitalismo como un sistema que se implementa en diferentes países con un éxito dispar. Sostener que el capitalismo funciona en EE. UU., porque allí son emprendedores, o en China, porque son abnegados trabajadores, es falso. También es engañoso afirmar que no resulta efectivo en África y en América Latina porque sus pueblos “no tienen cultura del trabajo”. La idea de que el sistema capitalista es exitoso solo en algunos países o regiones es una de las maneras en que se construye el consenso social y político que lo sostiene.

Para superar la visión descripta, debemos recurrir nuevamente a Wallerstein, quien dice: “La característica definitoria de un sistema social es la división del trabajo que en ella existe, de forma que los distintos sectores o áreas dependen del intercambio económico recíproco para la satisfacción fluida y continua de necesidades”. Bajo el punto de vista de este autor, el capitalismo es un sistema-mundo en donde existe una división del trabajo que asigna funciones y que determina qué economía va a ser considerada centro, semiperiferia  y periferia, propiciando así un intercambio entre estos sectores que beneficia a unos y perjudica a otros.

Con el objeto de entender la división del trabajo expuesta por Wallerstein, propongo que acudamos a un ejemplo real: el crecimiento económico de la Europa del siglo XVII.  El auge del mercantilismo y la revolución industrial característicos de aquella coyuntura histórica desarrollaron el trabajo asalariado y cambiaron los hábitos de la población europea, disparando así el consumo de azúcar. El incremento de la demanda de azúcar impulsó a una industria necesitada de grandes latifundios y de mano de obra esclava. Esto motivó que se desarrollara un mercado de esclavos basado en la captación de personas de raza negra en África para su posterior venta en Salvador de Bahía (Brasil) o en La Habana (Cuba), lugares donde se encontraban los ingenios azucareros más productivos. Al mismo tiempo, otras compañías cruzaban nuevamente el océano para vender el azúcar en Europa. Obvia decir que el motivo de semejante despliegue era la rentabilidad que esas actividades generaban. Mientras tanto, la división del trabajo en aquellos países latinoamericanos iba modificando de manera determinante su cuerpo social (en la actualidad, el 80 % de la población de Salvador de Bahía es de raza negra).

Aunque esto sucedía hace cuatro siglos, en el sistema-mundo capitalista de nuestros días ¿qué mueve a las empresas a invertir en mano de obra asiática? La respuesta no es muy distinta a la del siglo XVII: aumentar su tasa de rentabilidad. ¿Cómo? Garantizando un bajo costo salarial, con alta capacitación y productividad, y con un control estatal que impida (mediante diferentes métodos) que los trabajadores exijan condiciones salariales y laborales que pongan en riesgo un resultado positivo de la ecuación de productividad.

Por otro lado, a quienes se preguntan dónde está la mano invisible del mercado, Wallerstein responde con claridad: no existe, lo que sucede es que “el capitalismo se define por el flujo parcialmente libre de los factores de producción y por la interferencia selectiva de la maquinaria política en el mercado. La hegemonía ejemplifica esto último”. Sin duda, esta explicación del autor pone en relieve el poder de lobby que las grandes empresas ejercen sobre el poder político que dirige la maquinaria estatal. En especial, el sector financiero (a través del manejo de los flujos de inversión, del financiamiento de la deuda pública y del control de los bancos centrales) tiene poder para direccionar las decisiones de los Estados. De este modo, la actual hegemonía del sector financiero y la búsqueda de máximas rentabilidades por los inversores impulsan la creación de relaciones laborales cada vez más precarias y la aparición de sistemas políticos que limitan la posibilidad de que los trabajadores se organicen o defiendan derechos propios del siglo XX. Esta dinámica afecta a todo el sistema-mundo y pone en jaque a la sustentabilidad y a la estabilidad de los sistemas políticos que se caracterizaron por expandir los derechos sociales.

El reemplazo de empleos con estabilidad y con altos salarios por empleos precarios y mal pagados ya lleva más de treinta años de implementación en los países con economías de centro y de periferia, pero ha tomado un ritmo mucho más veloz desde que el sector financiero se constituyó como hegemónico. Este hecho ha generado una nueva división del trabajo, mucho más polarizada, que ha puesto en crisis a los Estados de bienestar de los países con economías de centro y de semiperiferia. Esto también impacta en el discurso político de la clase dirigente, ya no puede prometer prosperidad ni movimiento social ascendente, sino solamente trabajo y, para obtenerlo, tiene que garantizar orden y flexibilización a los inversores. Como consecuencia, la clase política que representa al poder económico ya no puede ofrecer a las nuevas generaciones la ilusión de progreso que caracterizó la segunda mitad del siglo XX.

Tercera trinchera: el rol de los países semiperiféricos

Ahora bien, si el sistema-mundo capitalista es tan injusto, si concentra la riqueza y aumenta la pobreza: ¿por qué se sigue sosteniendo?, ¿cómo ha construido un consenso hegemónico capaz de ubicarlo como un sistema exitoso?

Hace tiempo, Wallerstein se planteaba preguntas similares: “Cómo es posible políticamente que tal sistema perdure. ¿Por qué la mayoría de los explotados no derroca simplemente a la minoría que goza de ventajas desproporcionadas?”. Y buscaba respuestas al afirmar: “No se puede entender la perdurabilidad de la diferencia estructural entre centro y periferia a menos que se tenga en cuenta la existencia de una tercera situación estructural intermedia: la de la semiperiferia […]. La semiperiferia es necesaria para que la economía-mundo capitalista funcione sin demasiados sobresaltos”. Así, según el criterio de Wallerstein, el rol de la semiperiferia es de una importancia más política que económica, ya que se podría argumentar que la economía-mundo, como economía, funcionaría igualmente bien sin una semiperiferia, pero sería mucho menos estable políticamente porque supondría un sistema-mundo polarizado. 

A día de hoy, la hegemonía del sector financiero sobre el sistema-mundo capitalista ha provocado una polarización que está debilitando las economías de los países semiperiféricos. Esta situación se materializó en las crisis de los países latinoamericanos a principios del siglo XXI y de los países del sur de Europa después del 2008. Tal debilitamiento domina la actual coyuntura política y es uno de los factores que ha fomentado el análisis del sistema capitalista en los últimos tiempos. La difícil situación tanto económica como de representatividad de los sistemas políticos de estos países supone una oportunidad para construir alternativas a la situación actual. Obvia decir que la existencia de una posibilidad de hacerlo no asegura la obtención del cambio. Para construir una nueva forma de ver el mundo, no solo es necesaria la acción política, además se hace imprescindible la jerarquización de las ideas a debate.

A modo de cierre, la reflexión del sociólogo Boaventura de Souza Santos: “Para combatir el desperdicio de la experiencia social, no basta con proponer otro tipo de ciencia social. Es necesario, pues, proponer un modelo diferente de racionalidad”.


REFERENCIAS

SANTOS, B. de S. (2009) Una epistemología del Sur, Buenos Aires, CLACSO Coediciones.

WALLERSTEIN, I. (2004) Capitalismo histórico y los movimientos antisistémicos. Un análisis de sistemas-mundo, Madrid, AKAL