El triunfo del hombre superfluo


Por Federico Sajkowski 

Buenos Aires, 14 de julio de 2017

“No se volverá a un mundo anterior a la globalización”, dijo Barack Obama en noviembre de 2016, durante su última gira presidencial por Europa. La escenografía elegida para semejante invocación le haría revisar su filosofía a más de un escéptico, pues el expresidente ensayó su apuesta en el corazón del Partenón griego. Allí donde hace dos mil quinientos años, Atenas, cuna de la democracia occidental, solía conversar con los dioses del Olimpo cuando el futuro asomaba entre incierto y abundante de desafíos. A día de hoy, atravesado ya el primer medio año de gestión al frente del Salón Oval, el nuevo jefe de la Casa Blanca se erige como la cara más visible de un potente movimiento que colma al mundo de nuevos interrogantes. Los representantes de la “democracia occidental y cristiana” no tienen más opción que implorar por lo que parece complicado asegurar. El devenir de la globalización entra en terreno pantanoso. Cuanto menos, le surgieron pesados competidores.

El poder está cambiando de manos y de forma. Ya no es lo que era. Es un proceso cuyos movimientos causales cuesta aún determinar con exactitud. Más todavía, adivinar sus consecuencias en la sociedad y en la cultura del siglo XXI. Donald Trump, presidente de Estados Unidos, es la prueba empírica por excelencia (aunque no necesariamente la única) de que los cimientos del juego económico, político, social y cultural atraviesan una profunda reconfiguración. La competencia electoral ya no será entre grandes y pequeños (conforme a la visión clásica), sino entre rápidos y lentos. Las dirigencias tradicionales están obligadas a absorber los cambios y demandas que muestran las sociedades que gobiernan, de ello depende que logren reinventarse o que desaparezcan.

Vivimos en un mundo interconectado como nunca antes en la historia. Emergen micropoderes y críticas desmedidas a un sistema que no satisface. De ahí la irrupción masiva de los antisistema como reacción histórica a límites cada vez más perceptibles. Reina la desesperanza, la frustración y el resentimiento, aun bajo supuestas premisas de igualdad y de acceso simbólico y real a campos impensados hace décadas. Es una tierra fértil para experimentos complejos y cambiantes, donde Trump no es más que la locomotora de un tren con destino incierto cuyos vagones se reparten, entre otros lugares, por el corazón del occidente desarrollado.

En Francia, la tierra de la liberté, egalité, y fraternité, Marine Le Pen disputó el balotaje con quien finalmente se convertiría, a los 39 años, en el presidente más joven de la V República: Emmanuel Macron. Resulta interesante, ya conocido el resultado de la elección gala, retomar la mirada del filósofo esloveno Slavoj Žižek, quien sugirió: “¿No podemos al menos plantear la cuestión? Sí, Macron es proeuropeo, pero ¿qué tipo de Europa personifica? ¡La misma Europa cuyo fracaso alimenta al populismo de Le Pen, la anónima Europa al servicio del neoliberalismo!”. Y enseguida completó: “La perspectiva triste que nos espera es la de un futuro en el que, cada cuatro años, entraremos en pánico, asustados por alguna forma de ‘peligro neofascista’ y, de esta manera, chantajeados para emitir nuestro voto por el ‘civilizado’ candidato en elecciones sin sentido que carecen de una visión positiva”.

Mientras tanto, en la tierra del Brexit, se encuentra Nigel Farage, quien hace pocos meses manifestó públicamente su apoyo al nuevo habitante de la Casa Blanca. En Alemania, escasos años atrás, se gestó un movimiento islamófobo y racista llamado Pegida, cuyo líder, Lutz Bachmann, define a los extranjeros como “ganado”, “escoria” y “montón de basura”. Además, ha irrumpido en este país la fuerza euroescéptica, ultranacionalista y xenófoba denominada Alternative für Deutschland, cuyo crecimiento viene sembrando preocupación en la propia Ángela Merkel y en los socialdemócratas ante un próximo mes de septiembre que asoma como momento clave para definir la composición de las fuerzas políticas con representación en el Bundestag (parlamento federal alemán).

De este lado del Atlántico, el poder también está cambiando de forma. Quizás de manos también. Llegan noticias a la tierra de YPF que indican que las acciones del “unicornio” argentino más mimado de todos, Mercado Libre, cuentan ya con una capitalización bursátil en torno a los 12.150 millones de dólares en Wall Street. La empresa de petróleo nacional posee hoy un valor en bolsa de 9.600 millones de dólares. Marcos Galperín destrona al General Mosconi de la fábula nacional. Injusticias de la globalización. Saldo parcial: jaque a los empleos industriales y deslocalización de la producción.

En tanto, desde el Vaticano, el jefe de la Iglesia Católica asegura que “estamos viviendo, más que una época de cambios, un cambio de época”. Su mirada de estadista en el concierto internacional no está tan alejada de la realidad. En este siglo XXI, los papas renuncian; las burbujas financieras estallan; las sociedades enteras votan en contra de procesos de paz; y las compañías con mayor valor bursátil del mundo ―¿más burbujas?― muestran un nuevo panorama: adiós al valor de los activos físicos y bienvenida triunfal al reino de la innovación, el diseño, la creatividad y los algoritmos matemáticos.

Mundo con primaveras árabes que barren a líderes históricos en cuestión de meses, y aldea global donde la multiculturalidad (pretendida faceta amigable del desarrollo capitalista contemporáneo) se desangra en medio de movimientos de ruptura con estructuras supranacionales y del regreso de los nacionalismos como supuesta salvación a tanto mal. Orbe con deudas impagables, de conflictos bélicos abiertos, de “madres de todas las bombas”, de “padre de todas las bombas”, de terroristas y lobos solitarios en la cuna de la burguesía, de “tercera guerra mundial en partes”, como dice el papa Francisco y de “la peor crisis humanitaria desde la segunda guerra mundial”, como asegura la ONU.

Sociedades fragmentadas

Si en las décadas de los 20 y los 30 del siglo XX, occidente centró su atención en la consolidación de los fascismos; las primeras décadas del siglo actual invitan a depositar las miradas tanto en la Unión Europea como en los Estados Unidos, país que tiene a un muy imprevisible Donald Trump al frente de la potencia nuclear que, junto a la Rusia de Vladímir Putin, posee el arsenal más poderoso que haya conocido la humanidad. Entre ambas naciones se estiman unas 13.800 ojivas nucleares en “inventario” (el 92 % del total en el mundo). Ayer como hoy, estas reconfiguraciones del poder en los países centrales suceden mediante vías democráticas. Ironías del capitalismo desarrollado. Sin embargo, nuestra época ofrece un condimento nada despreciable en comparación con principios del siglo XX. Así lo señala el sociólogo y profesor de Relaciones Internacionales Juan Gabriel Tokatlian: “Hay un proceso fenomenal de transferencia de poder, de prestigio y de influencia, no dentro de Occidente, sino hacia Oriente, particularmente hacia China”. En este sentido, el académico interpreta que “en todo proceso de transición, el país que declina se vuelve proteccionista”. Parece entonces que la patria de Uncle Sam responde así a la globalización, cerrándose sobre sí misma: America first, America first.

En particular, abunda el estudio sobre el contexto económico, político y social que dio luz verde al nazismo en la Alemania de Weimar. Los germanos, después de Versalles, se sintieron humillados por las potencias vencedoras. Antes del estallido de 1939, Alemania estaba atravesada por el desempleo generalizado y la ruptura de las redes de solidaridad; la fragmentación de la sociedad era evidente. Hasta que llegó un salvador que prometió a su pueblo el regreso a las glorias pasadas. El MAGA que Trump utilizó en campaña, Make America great again, en cierta forma nos remite al Ein Volk, Ein Reich, Ein Führer! de la Alemania nazi, que invitaba a pensar en “un solo pueblo, un solo imperio, un solo líder”. Cohesionar al cuerpo social fue y es la premisa elemental sobre la que ambas experiencias históricas ocuparon el centro de la escena. Y las amenazas provocadas por la otredad fueron y son conditio sine qua non para la emergencia y legitimidad de estos procesos. Aun evitando etiquetar a Trump como el Hitler de la posmodernidad, resulta atractivo reflexionar en torno al contexto en el que ambos liderazgos surgen y, fundamentalmente, en torno al quiebre de lazos y a la forma en la que el mensaje político se posó, tanto ayer como hoy, en el hartazgo y frustración de grandes capas de la sociedad y en la falta de expectativas de futuro. La “tentación totalitaria” es una posible conducta de salida para millones de individuos atomizados y desarraigados.

La filósofa alemana Hannah Arendt, en su libro Los orígenes del totalitarismo, destaca: “Los acontecimientos políticos, sociales y económicos en todas partes se hallan en tácita conspiración con los instrumentos totalitarios concebidos para hacer a los hombres superfluos. Las soluciones totalitarias pueden muy bien sobrevivir a la caída de los regímenes totalitarios bajo la forma de fuertes tentaciones que muestran la solución más rápida para el problema de las masas humanas económicamente superfluas”. Esta observación de Arendt puede aplicar para repensar la fase actual del capitalismo. Hace pocos meses, la pensadora germana fue descifrada con claridad por el filósofo estadounidense Noam Chomsky, quien consideró que el triunfo de Trump se había debido al “miedo”, y que interpretó su llegada a la Casa Blanca como el resultado de una “sociedad quebrada” por el neoliberalismo. En relación a este aspecto sustancial de las sociedades actuales, Chomsky comentó recientemente que “las personas se sienten aisladas, desamparadas y víctimas de fuerzas más poderosas a las que no entienden ni pueden influenciar”.

El hombre superfluo hoy

Un breve análisis del voto a Trump indica que el neoyorquino obtuvo los mejores apoyos en las circunscripciones donde más del 75 % de la población blanca carece de un título universitario, especialmente en el medio oeste, donde son mayoría. Trump es presidente gracias a su dominio allí donde la población blanca es superior a la media nacional y en todos los estados del sur que hacen frontera con México a excepción de California, donde las “minorías” ya superan a los blancos. La hispanización de Estados Unidos alimenta en buena forma el ideal reaccionario que Trump encarna, apelando abiertamente al miedo de los blancos (que dejarán de ser mayoría hacia 2050) y a sus más profundos resentimientos.

Por otro lado, el hecho de que este “conservador con sentido común” (como él mismo se definió en campaña) haya accedido a la Casa Blanca, no debería soslayar el rol de los grandes medios de comunicación, ya sea para desterrar mitos o para confirmarlos. Estos medios siguen teniendo una gran influencia sobre el establishment, pero generan desconfianza justamente a los millones de “desplazados” que optaron por Trump. Lógicamente, estos hombres y mujeres identifican a muchas de estas empresas periodísticas como parte del problema que los aqueja, ya que son los resortes de las mismas elites económicas y políticas que los ignoran, elites que lo mejor que tuvieron para ofrecer en las pasadas elecciones fue a Hillary Clinton, mezcla compleja entre  falta de carisma e intereses de Wall Street. La victoria más amplia de Clinton fue en Washington D.C., donde cosechó casi el 93 % de los votos frente al 4,1 % de Trump. Aunque el magnate no triunfó en ninguna ciudad de más de un millón de habitantes y a  pesar de vencer en 29 estados, solo se llevó para los republicanos nueve capitales estatales. El tiempo dirá si la llegada de Trump al frente de la mayor potencia militar del planeta es un paréntesis dramático o la ruptura con todo lo conocido hasta el momento. En cualquiera de los casos, nos encontramos escribiendo una página incierta, lo que confirma la ya citada teoría del jefe de la Iglesia Católica “estamos viviendo, más que una época de cambios, un cambio de época”.

El siglo XXI está obligado a repensarse en medio de la vacilación que muestra el tablero internacional al tiempo que sociedades miedosas y fragmentadas vuelven a colocar al mundo entero a caminar sobre una incisiva cornisa, forjando líderes que muestran rostros desconocidos e inadvertidos mientras amenazan con “guerras nucleares” inminentes. Estados Unidos, el polvorín europeo e incluso Asia invitan a reflexionar no solo en torno al nervio más íntimo de la globalización y sus efectos, además exigen sumergirse en un escalón aún más subterráneo. Cuando Obama declaró en Atenas que no se volvería a un mundo anterior a la globalización, inauguró un debate real y simbólico de final incierto y aristas desconocidas. La hora actual acarrea discusiones sobre los comportamientos de las sociedades fragmentadas, lo más profundo de la naturaleza humana y sus resultantes históricas.


REFERENCIAS

ARENDT, H. (1951)  Los orígenes del totalitarismo, Madrid, Taurus, 1998.

TOKATLIAN, J. G. (2017) “Trump aparece en un momento de transición de poder de Occidente hacia Oriente”, extraído de http://www.utdt.edu/nota_prensa.php?id_nota_prensa=13102&id_item_menu=441

WILLIAMS, A. (2016) “Noam Chomsky: ‘We owe the rise of Trump to fear and the breakdown of society’”, extraído de http://www.alternet.org/election-2016/noam-chomsky-we-owe-rise-trump-fear-and-breakdown-society

ŽIŽEK, S. (2017) “El chantaje liberal”, extraído de  https://www.pagina12.com.ar/35930-el-chantaje-liberal