El nacionalismo, otra lacra a superar


Por Ignacio Marín

Madrid, 29 de marzo de 2018

Una sociedad moderna y progresista no puede correr el riesgo de encontrar válido un argumento tan abstracto y subjetivo como el de nación. Fenómenos como los de  Donald Trump o Marine Le Pen nos advierten de lo peligroso del discurso “nosotros contra ellos” basado en un nacionalismo excluyente y xenófobo. La explotación de los trabajadores por las elites no sabe de fronteras, quizá ser conscientes de ella nos ayude a ubicar el foco sobre los auténticos culpables de las desigualdades.

No es ninguna excentricidad afirmar que la dinámica de la Historia va dejando en la cuneta conceptos que, aunque en su momento fueron indiscutibles, el mismo avance de la sociedad hace caducos. Hoy contemplamos cómo antiguas concepciones sobre la familia tradicional, el rol de la Iglesia o el papel de la mujer son superadas por el desarrollo moral e intelectual de la ciudadanía. Una sociedad que avanza con taras, como el feroz individualismo o el sometimiento interclasista, convertidas en formas de lucro, y que zafa de antiguas certezas y viejos dogmas cual reptil que muda la piel. Sin embargo, esotra la tara que lleva siglos lastrando la sociedad,como un palo en la rueda para el avance de la humanidad en términos de solidaridad y de apoyo internacionalista.Es el nacionalismo, con el patriotismo y el chovinismo como peligrosos arietes, la próxima barrera a derribar en un momento en el que, al igual que un animal herido, resulta más peligroso.

Un sentimiento maleable y de gran utilidad política

El concepto de nación es tan complejo como arbitrario su uso en la actualidad. No es algo que surja de la nada, supone todo un compendio de sentimientos, un agregado de elementos culturales, que puede hacer sentir cohesionada a una comunidad humana, a un pueblo. Por tanto, como sentimiento, subyace una obvia subjetividad que impide la negación o la supremacía de una u otra nacionalidad. Con estas premisas, podemos adivinar lo poderosamente maleable que puede resultar este concepto y el alcance de su utilidad, nada despreciable para la política, ya que, al fin y al cabo,el nacionalismo es un sentimiento y, de sentimientos,se nutren los políticos.

Ahí está la Historia, delatora inmisericorde del uso del nacionalismo para determinados intereses a lo largo de los siglos. En la época contemporánea, se ha utilizado muy perspicazmente al servicio de las elites, ya que es un movilizador ideológico que no entiende de clases sociales y que, bien gestionado, puede ser impermeable a la corrupción y a los escándalos de toda índole. La confianza, la esperanza en un proyecto compartido, es muy útil en la lucha contra un enemigo común o contra el mismo miedo: todos remarán hacia un idéntico destino sin saber muy bien cuál es. La gloria de la patria justifica todos los medios.

Así, en los últimos años, tenemos el mejor ejemplo del poderoso recurso que encuentra el marketing político en el nacionalismo. El brexit británico, la elección de Trump en Estados Unidos o el retorno del fascismo a Europa, con Le Pen como buque insignia, son muestras de lo eficaz que es recurrir a los sentimientos patrios en momentos de incertidumbre. La apelación al comunismo hermenéutico y a las paradojas del sistema de explotación capitalista está de más, el discurso nacionalista que funciona es muy sencillo. Basta con ofrecer un proyecto de futuro brillante, medidas ambiguas y, principalmente, un enemigo claro: la Unión Europa, los inmigrantes, los refugiados, los musulmanes o los terroristas.

En este contexto, el racismo y la xenofobia más amenazantes vuelven a irrumpir en una sociedad muy distinta a la del surgimiento de los fascismos de entre guerras. Una sociedad en la que, desde hace generaciones, ciudadanos de origen africano o árabe viven en países como Francia o Bélgica; en la que muchas ciudades, como Londres o París, resultan inimaginables sin la influencia extranjera; o en la que muchos países, como Estados Unidos, fueron erigidos por brazos de inmigrantes. En un mundo completamente globalizado como el actual, la culpa de la crisis económica, del paro o del terrorismo se la echan al inmigrante.No se vincula con nada de esto al político que decidió estafar a su pueblo ni al empresario que reubicó la industria en el tercer mundo ni al socio militar que armó al terrorismo yihadista. Sin embargo, por mucho que vista con colores patrios, el enemigo suele viajar en limusina, no en patera.

El nacionalismo español:buenos y malosespañoles

En mi país, el nacionalismo es aún más explotado para fines particulares y provoca todavía más conflictos que en el resto del mundo. Tras la Guerra Civil (1936-1939), la dictadura de Franco dictó toda una estructura ideológica y propagandística que tenía en la patria española uno de sus pilares fundamentales. España era y es un Estado conglomerado de pueblos a los que se les impuso el nacionalismo castellano como el sentimiento de patria oficial. Esto se tradujo en la persecución delos elementos de cultura no castellana, como la lengua vasca y la catalana, o de cualquier tipo de sentimiento periférico.

Los “enemigos de la patria” no lo eran solo por su sentimiento nacionalista, también lo eran por su ideología. Cualquier acción mínimamente democrática era considerada de orientación comunista y, por lo tanto, urdida por la denominada “judeo-masonería”procedente de la diabólica Rusia. En definitiva: enemigos de España.

Tras 36 años de dictadura y una herencia enraizada en la sociedad, a la izquierda española le cuesta formar parte de un sentimiento nacional que la derecha se ha esforzado en fagocitar. Términos como antiespañol o traidor son argumentos continuamente presentes en el discurso político y en la opinión pública para desprestigiar a cualquiera que se atreva a plantear ya no el statu quo sino cualquier corruptela urdida por el conservadurismo. Es por todos conocida la retahíla de acusaciones que, a veces lindando con lo absurdo, intentan conectar la financiación de la formación izquierdista Podemos con países como Venezuela o Irán que, según el imaginario reaccionario, buscan desestabilizar el país para convertirlo en una especie de país satélite soviético. En definitiva,la derecha se ha convertido en el custodio del nacionalismo español y se considera el único legitimado para jerarquizar otros sentimientos nacionales e incluso para juzgar quiénes son o no buenos españoles.

El nacionalismo en España no solo causa estragos a nivel nacional. El esperpento del malogrado proceso de independencia de Cataluña parece que solo haya traído beneficio para el titubeante Gobierno central y sus acólitos ideológicos. Tanto los nacionalismos catalanes como la izquierda a escala nacional han quedado divididos. A nivel estatal, la izquierda no ha sabido a qué atenerse. Por un lado,siempre ha estado comprometida con la autodeterminación de los pueblos, los nacionalismos periféricos y la irresistible tentación de unirse a proyectos en contra del conservador Gobierno central. No obstante,por otro lado, gran parte del movimiento independentista catalán está impulsado por cuadros de la antigua CiU (Convergència i Unió), partido nacionalista, pero profundamente conservador. En consecuencia, la izquierda española ha cometido el error de confundir nacionalismo periférico con progresismo, cuando realmente el nacionalismo,provenga de donde provenga,es reaccionario y excluyente.

Todo esto ocurre en un país que se encuentra agotado en lo que a sentimientos nacionales se refiere. Como en el caso europeo, la inmigración, el éxodo interior y la globalización cultural provocan una influencia tal que los nacionalismos, sean de donde sean, pierden su valor infalible como argumento político. En este sentido, abundan las encuestas en las que los ciudadanos han de calibrar sus sentimientos con respecto a los diferentes niveles de colectividades que existen. Por ejemplo, un pamplonés tendrá que decidir si se siente más navarro, vasco, navarro-vasco, español o europeo. Una amalgama de sentimientos que no tiene por qué estar decidida y que aún menos se debería utilizar como arma política.

Un concepto superado por el avance de la sociedad

A pesar de sus bondades como movilizador de masas, el nacionalismo no tiene sitio coherente en el pensamiento político actual. Friedrich Nietzsche ya alertaba de la necesidad de superar las fronteras en las que nuestro lugar de nacimiento nos anquilosa, su proyecto era Europa, más allá de Alemania. Además, Nietzsche ya esbozaba la pérdida de vigencia del argumento del nacionalismo en unas sociedades en las que, por aquel entonces, ya abundaba la heterogeneidad de etnias, culturas y religiones.

Por otro lado, el nacionalismo también debería perder su vigencia en lo que al progresismo se refiere. En este caso, fue Karl Marx quien anunció que el nacionalismo sería superado por el avance de la sociedad y que,en el desarrollo de su doctrina posterior, el internacionalismo jugaría un rol fundamental.

Todos estos argumentos teóricos se ven reforzados en la sociedad actual. Ha quedado claro que la desigualdad que viven las clases desposeídas en cualquier parte del mundo no es culpa de la bandera que blanden. La desgracia del pobre, del desahuciado o del parado, ya sea de Detroit, Barcelona o Buenos Aires, tiene el mismo origen. La misma mano decide desnacionalizar una industria, intervenir un banco central o revisar los salarios a la baja. Es el mismo orden económico mundial el que está generando tal brecha de riqueza que provoca que la clase media se esté convirtiendo en un animal en peligro de extinción. Cada día que se siga ubicando el nacionalismo en el centro del discurso político será un día perdido para la causa de la justicia social. La explotación no entiende de patrias, la disidencia tampoco debería hacerlo.


REFERENCIAS

LEMA, D. (2017) “El 43,8% de los catalanes se siente tan español como catalán, según el CIS”, extraído de http://www.elmundo.es/cataluna/2017/12/04/5a258651e2704e4e758b4600.html (recuperado el 03/02/2018).

MADINA, E. (2017) “Desnacionalicen, por favor”, extraído de https://elpais.com/elpais/2017/09/27/opinion/1506524371_817962.html (recuperado el 03/02/2018).

PEÑAMARÍN, C. (2018) “El nacionalismo y la maldición española”, extraído de http://ctxt.es/es/20180110/Politica/17255/nacionalismo-populismo-estado-espana-catalunya.htm (recuperado el 03/02/2018).

QUESADA, J. (2000) “Nietzsche y el nacionalismo”, extraído de http://www.elcultural.com/revista/especial/Nietzsche-y-el-nacionalismo/2617 (recuperado el 03/02/2018).