Ciudades inteligentes o ciudades humanas


Por Valeria Amstein
Neuquén, 19 de julio de 2017

“Convencidos de que toda innovación en la ciudad influye en el dibujo del cielo, antes de cada decisión, calculan los riesgos y las ventajas para ellos y para el conjunto de la ciudad y de los mundos.”

Italo Calvino, 1972

En 2017, la Ciudad Autónoma de Buenos Aires será la sede de la Smart City Expo, un evento donde empresas de todo el mundo y expertos en tecnologías y desarrollo urbano se reunirán para debatir acerca de las ciudades del siglo XXI y de cómo hacerlas “más humanas” (según su propia definición). Este punto de partida puede sonar paradójico cuando de lo que se habla es de incorporar la tecnología de manera estructural en el desarrollo de las ciudades y, más aún, cuando esta incorporación viene de la mano de las grandes empresas multinacionales que hoy controlan el desarrollo de las tecnologías de la información y la comunicación (TIC). Amazon, Telefónica, Huawei y Microsoft son algunos de los partners a nivel global de la Smart City Expo, cuyo lugar de origen es Barcelona, pero que desarrolla distintas ediciones por todo el mundo.

Como muchos otros conceptos de esta época, la idea de “ciudades inteligentes” no tiene una definición única, sino que engloba una serie de propuestas para mejorar el desarrollo de las metrópolis y nuestro habitar en ellas como ciudadanos/as. Palabras como “sustentabilidad”, “empoderamiento” o “gobernanza” se han incorporado al vocabulario de quienes hoy llevan adelante el desarrollo urbano tanto desde la academia como desde la gestión pública. Una definición sencilla sería: ciudad que usa las TIC para proporcionar servicios a sus ciudadanos/as. Una definición más amplia especificaría que las ciudades inteligentes son las que utilizan las TIC para ser más inteligentes y eficientes en el uso de recursos: reduciendo costos y ahorrando energía, mejorando los servicios y la calidad de vida, y protegiendo el medio ambiente. Todo ello, con la ayuda de la innovación tecnológica.

Hoy, lo cierto es que el concepto de “ciudad inteligente” supone una serie de iniciativas implementadas, de manera más o menos articulada, en diferentes ciudades del mundo. Estas iniciativas incluyen el acceso al Big Data generado por sus habitantes (conjunto de datos masivos producidos por el uso de las TIC) o la colocación de sensores que permiten monitorear la entrada y salida de vehículos que tiene una ciudad en determinados horarios. Sin embargo, lo que no está muy claro es cómo esta “inteligencia” impacta en la calidad de vida de los/as ciudadanos/as.

Urbi et Orbi

A día de hoy, es un hecho: existe consenso en reposicionar a las ciudades como el territorio de relación más cercana entre los gobiernos y la gente, pero sobre todo como zonas donde se desarrollan nuevos procesos de transformación que acabarán extendiéndose a otros lugares. En un mundo globalizado, donde muchas identidades nacionales se han desdibujado, las ciudades se han convertido en espacios de referencia para quienes las habitan.

Desde la polis griega, las ciudades han recorrido un largo camino como espacios centrales de la cultura, la política y la economía. Las ciudades Estado de la Edad Media fueron el sustento originario de la burguesía y el escenario de grandes transformaciones políticas y sociales. La Revolución industrial consolidó el escenario urbano como espacio de decisión y de poder político y económico. En el siglo XX, el surgimiento del Estado de bienestar transfirió el protagonismo al gran monstruo del Estado nacional, pero el neoliberalismo, a través del proceso de descentralización, trasladó a las ciudades una serie de funciones (entre ellas nada menos que la salud y la educación) que las puso nuevamente en el centro de la escena. En muchos casos, tuvieron que ocupar esa posición sin contar con los recursos materiales necesarios para garantizar a sus habitantes unos servicios de calidad.

Por otro lado, el crecimiento de la población urbana y la extensión de megaciudades de varios millones de habitantes se están profundizando a nivel mundial. Carlos De Mattos, uno de los más destacados investigadores urbanos de Latinoamérica, describe este proceso como una remercantilización de la vida social en el marco del neoliberalismo, donde se intensifica la extensión territorial descontrolada de las ciudades, y se borra paulatinamente la diferencia entre lo urbano y lo rural. Según De Mattos, la nueva etapa capitalista (caracterizada por la afirmación de un nuevo paradigma científico basado en las TIC, el avance del proceso de mundialización del capital y la profundización de las estrategias de liberalización económica) tiene como resultado la concentración de población, industrias y servicios en grandes aglomeraciones urbanas. Al mismo tiempo, las ciudades necesitan volverse “competitivas”, generando ventajas comparativas y atractivos suficientes para que las grandes empresas las elijan como sus locaciones. Cabe destacar que, sobre todo, estos atractivos están relacionados con la conectividad (tanto física como virtual), la oferta de mano de obra calificada, y la posibilidad de albergar un conjunto de servicios necesarios para el desarrollo de las empresas.

A estas variables mencionadas por De Mattos, es necesario añadir una de vital importancia: la política. Los gobiernos locales se han convertido en interlocutores de grandes grupos económicos que requieren de diferentes actuaciones de la ciudad para desarrollarse. Entre estas acciones, podemos encontrar la instalación de plantas industriales, la construcción de megaemprendimientos urbanos, la flexibilización de indicadores ambientales o el acceso a los datos digitales producidos por los habitantes de ese lugar. Además, los gobernantes locales ven la ciudad como la plataforma de lanzamiento de sus carreras políticas. En Argentina, por ejemplo, se pueden mencionar varios casos de intendentes cuyos recorridos trascendieron los ejidos municipales. Sin duda, el más conocido es el del expresidente Néstor Kirchner, quien primero fue intendente de Río Gallegos, provincia de Santa Cruz. Todo lo dicho lleva a plantearnos un interrogante: ¿cuál es la capacidad de negociación de un gobierno municipal frente a una empresa multinacional? O dicho de otra forma: ¿quién tiene más posibilidades de imponer sus condiciones?

Inteligencia, ¿para quién?

A primera vista, la propuesta de dotar de inteligencia a las ciudades suena atractiva. Las TIC son las estrellas del momento y queremos meterlas en todos los aspectos posibles de la vida humana. No es de extrañar, entonces, que lleguen también a las ciudades ¿A quién no le gustaría vivir en una smartcity que, al igual que nuestro smartphone, nos proporcione soluciones instantáneas? Una ciudad donde el transporte público funcione, el tránsito no esté colapsado, lleguemos a tiempo a nuestro trabajo y los residuos sean separados y reciclados. Sobre estas demandas legítimas de la ciudadanía, han puesto el ojo las principales empresas mundiales de la comunicación, que han empezado a estrechar lazos con los gobiernos locales de todo el mundo. Estas grandes corporaciones proponen soluciones a los problemas más notorios de las grandes ciudades a cambio de acceder a enormes paquetes de información sobre los/as ciudadanos/as, o sea, sobre los/as consumidores/as. Lo cierto es que, hasta ahora, la idea de ciudad inteligente ha sido desarrollada casi íntegramente por empresas privadas.

Dan Hill, diseñador y urbanista inglés, nos advierte de los peligros que la aplicación de la tecnología en las ciudades implica para la democracia. Sirva de ejemplo la existencia de dispositivos que permiten un control excesivo de la ciudadanía, políticos que toman decisiones a partir de lo que dicen los datos (rehuyendo así su responsabilidad) o grandes firmas tecnológicas que diseñan las mejores soluciones para las ciudades al margen de sus habitantes, entidades sociales y Gobiernos.

Al mismo tiempo, la tecnología aún no da respuesta para uno de los mayores desafíos de las ciudades actuales: cómo reducir los niveles de desigualdad social, que crecen al mismo ritmo que la extensión territorial de las metrópolis. Jordi Borja es uno de los urbanistas más respetados a nivel mundial y referente crítico de este proceso. Él nos plantea que es necesario revisar estos procesos de urbanización en el marco de modelos de ciudad que promuevan el desarrollo de una ciudadanía inclusiva y que fortalezcan las capacidades de los gobiernos locales para responder de manera creativa a las numerosas demandas de una población urbana creciente. “La ciudad, como el socialismo, tiene por vocación maximizar la libertad individual en un marco de vida colectiva que minimice las desigualdades”, afirma Borja. También nos advierte que la tecnología no es un elemento neutro, como parece decir el discurso dominante, su rol en las etapas de cambio a lo largo de la historia ha estado condicionado por los intereses que intervienen en su utilización. Obviamente, las TIC no son la excepción. Sería ingenuo pensar que la revolución informacional es y será, por sí misma, una fuente de bienestar para el conjunto de la población. Ese supuesto bienestar dependerá de cómo se confronten los poderes económicos y los políticos, de cómo se controlen esas iniciativas desde la sociedad civil, y de cómo se resignifiquen para dar respuesta no sólo a los intereses de empresas privadas, sino a las necesidades de sectores más amplios de la población urbana.

Sin la participación de la ciudadanía, el desarrollo de las ciudades inteligentes se parece más a una oportunidad de negocio para las grandes empresas que a una posibilidad de construir ciudades más habitables para sus ciudadanos/as. Mientras que no se apliquen políticas de informatización masivas y no se amplíen las redes de conectividad, gran parte de la población seguirá excluida de los beneficios que hoy nos plantean las TIC. Además, hasta el momento, las propuestas en torno a las ciudades inteligentes no han venido acompañadas de herramientas para promover la participación activa de la ciudadanía en el diseño de las ciudades ni de las políticas a implementar, lo que hace imposible que sus habitantes superen el rol pasivo de usuarios/as de tecnología.

En síntesis, no debemos perder de vista que nosotros/as, seres humanos de carne y hueso, somos quienes vivimos las ciudades, somos sus habitantes. Sufrirlas o disfrutarlas es el desafío que tenemos por delante y, sin duda, no puede depender exclusivamente de hacer click.


REFERENCIAS

BORJA, J. (2013) “Ciudades inteligentes o cursilería interesada”,  extraído de http://www.jordiborja.cat/ciudades-inteligentes-o-cursileria-interesada/

(2015) “Smart cities, negocio, poder y ciudadanía”,  extraído de http://www.plataformaurbana.cl/archive/2015/09/19/opinion-smart-cities-negocio-poder-y-ciudadania-parte-i-por-jordi-borja/

DE MATTOS, C. (2001) “Movimientos del capital y expansión metropolitana en las economías emergentes latinoamericanas”, Mundo Urbano nº 14.

POOLE, S. (2014) “The truth about smart cities: ‘In the end, they will destroy democracy’”, extraído de https://www.theguardian.com/cities/2014/dec/17/truth-smart-city-destroy-democracy-urban-thinkers-buzzphrase?CMP=share_btn_tw