Amor y odio entre la globalización y Donald Trump


Por Beto Vivanco

Buenos Aires, 9 de julio de 2017

“En el centro de las estructuras hegemónicas se encuentran las grandes potencias y, entre ellas, la Superpotencia ―los Estados Unidos de América―, el único Estado con intereses económicos, políticos y militares en todas las áreas de la superficie terrestre, en la atmósfera e inclusive en el espacio sideral, y el gran responsable de la creación de las estructuras hegemónicas que lideran.”

Samuel Pinheiro Guimaraes, 2005

En las elecciones presidenciales de los EE. UU., realizadas el 8 de noviembre pasado, resultó electo el candidato republicano ultraconservador Donald Trump, un multimillonario que amasó su fortuna en el negocio inmobiliario y en el del juego. Para muchos analistas políticos y sociales, su triunfo resultó ser una gran sorpresa, ya que el eje de su discurso y de su accionar político se centraba en definiciones autoritarias, xenófobas y misóginas, así como en planteos discriminatorios e insultantes hacia la mujer y las minorías raciales y de orientación sexual. En el plano socioeconómico, Trump interpretó el descontento de las enormes franjas de la sociedad estadounidense perjudicadas por la evolución del proceso de globalización dominante en la actual fase del capitalismo poniendo en el centro del debate dos cuestiones. Por un lado, la pérdida de puestos de trabajo por la deslocalización de la producción industrial derivada de los tratados de libre comercio, como el North American Free Trade Agreement (NAFTA). Y, por otro, la invasión de bienes y productos importados, especialmente de origen chino.

El profesor de Derecho Internacional Richard Falk señala: “Las reglas básicas del nuevo globalismo son establecidas por los modelos de práctica empresarial y bancaria, y por las actividades del mercado monetario”. De este modo, Falk analiza que, en un contexto de consenso neoliberal, la única “disensión” significativa a dicho globalismo procede de una derecha política reaparecida que otorga un nuevo énfasis a la territorialidad y a diversas expresiones de la política de identidad. Es decir, una alineación del Estado con las identidades nacional, étnica y religiosa, en contraposición con enfoques más inclusivos. Según Falk, es un planteo de modernidad deformada que rechaza la razón, la ciencia y los derechos para adherirse a las modalidades conservadoras de la exclusividad y las raíces territoriales, incluidos los principios organizativos de un mundo de Estados soberanos distintos.

Volviendo al triunfo de Trump, el núcleo de su electorado se asentó en millones de norteamericanos que se encuentran en una situación de precariedad en el empleo (han perdido su trabajo o tienen dificultades para insertarse en el mercado laboral), que carecen de atención y contención pública o privada en el acceso a derechos básicos como salud y educación, que fueron afectados por las sucesivas crisis financieras o por los ajustes producidos en las últimas décadas en el país del norte, o que sienten el riesgo de ser víctimas de dicho proceso de deterioro en sus condiciones de vida. Entre los que lo votaron, se hallan millones de inmigrantes o hijos de inmigrantes, dentro de los que se encuentra nada menos que el 35 % del voto latino que, paradójicamente, fue la minoría racial más agredida por el discurso del nuevo presidente de los EE. UU. La mayoría de los inmigrantes de origen latinoamericano que lo eligieron forman parte de la población pobre o carente de los Estados Unidos, lo que hace explícito que el móvil central que los llevó a optar por el candidato republicano es el económico.

Si por un momento pudiéramos abstraernos de aquellos planteos misóginos, racistas y discriminatorios que Trump repitió de manera provocadora durante toda su campaña, deberíamos tener presente que el punto de partida de nuestro análisis es el proceso político y económico que canalizó al candidato republicano a la presidencia de EE. UU. Detrás de la emergencia del refundador del “sueño americano”, con su renovado America for the americans o, el más taquillero y original, Make America great again (hacer grande a América otra vez), se ocultan las contradicciones y conflictos que generó la nueva fase de acumulación mundial del capitalismo llamada globalización. Su nacimiento, no por casualidad, fue contemporáneo a la caída del bloque socialista real, que culminó con el derrumbe de la URSS en 1989. La globalización es caracterizada por la mayoría de los economistas ortodoxos como un proceso inevitable, resultado del avance de las comunicaciones (con la aparición y expansión de la fibra óptica), del transporte (concretamente el marítimo, a partir de los buques de carga Superpanamax) y del flujo de datos online como el dinero virtual o las transacciones bursátiles ilimitadas, entre otros (a través de la tecnología que creó esa red mundial llamada Internet). La globalización es, esencialmente, una fase de acumulación del sistema capitalista mundial que tiene como actores centrales al capital financiero y a los grandes conglomerados transnacionales que durante las últimas décadas fueron y son los principales beneficiarios de dicho proceso, además de los impulsores y reproductores del mismo.

Para el economista y politólogo brasileño Luis Carlos Bresser-Pereira, la globalización es, al mismo tiempo, un proceso continuo de transformación y el nombre de la etapa actual del sistema económico capitalista. Es el sistema económico en el que todos los mercados nacionales se abren y todos los Estado-Nación comienzan a comportarse de acuerdo con la lógica de acumulación y de competencia capitalista. A su vez, la globalización comprende cada esfera de la actividad humana (económica, social, política y cultural) y, dentro del plano económico, sus espacios de desarrollo son el productivo, el comercial y el financiero. De este modo, la globalización productiva se relaciona con la etapa en la que el sistema productivo se integra globalmente por medio de corporaciones transnacionales que reorganizan su producción en función de los costos relativos vigentes en el mundo. La comercial se vincula a la apertura de mercados nacionales. Y la globalización financiera, la más novedosa, es la instancia del desarrollo capitalista en la que el avance de las comunicaciones favorece el impresionante aumento de los flujos de capital y conduce a una relativa integración financiera mundial. Aunque hay excepciones, también se caracteriza por la apertura generalizada de sus cuentas de capital en los países periféricos,  que dejan de ejercer control sobre sus tipos de cambio.

Principales actores de la fase globalizada de acumulación capitalista

Capital financiero y conglomerados transnacionales son los dos actores que, junto con los Estados, resultan centrales en este proceso y que, a su vez, están íntimamente ligados producto del aceleramiento que esta fase de acumulación generó en términos de concentración económica (como bien describieron los economistas marxistas, comenzando por el propio Carlos Marx, a mediados del siglo XIX).

Dejando al margen las consecuencias culturales y “civilizatorias” que acompañan la globalización y que de alguna manera permitieron construir paradigmas de alcance global que le dieron sustento, volvamos al análisis de la victoria de Trump como efecto de este complejo proceso. En este sentido, debemos decir que las anteriores fases de acumulación capitalista (las dos revoluciones industriales) se basaron en la capacidad de los países capitalistas centrales de desarrollar núcleos productivos a escala basados, por un lado, en la búsqueda de eficiencia productiva y, por otro, en el liderazgo que estas industrias desarrollaron en torno a la demanda masiva de dichos bienes. Las naciones desarrolladas estuvieron estrechamente identificadas y vinculadas con las industrias de origen nacional, y promovieron su desarrollo mediante la destrucción de competidores por la vía armada o a través de políticas imperiales. Por así decirlo, EE. UU. era Ford, y Alemania, Siemens. Sin embargo, aquella fuerte identificación se rompió con la globalización. No se trata de afirmar que los Estados hayan dejado de promover políticas que beneficien al capital de origen nacional (las propias empresas, por más deslocalizadas que se encuentren, requieren ese capital para sentirse protegidas),  sino de plantear que los gobiernos de occidente, aún los de países centrales, carecen de instrumentos que incidan y orienten la dirección que toman los flujos de capital o los conglomerados productivos. En consecuencia, debemos analizar el comportamiento de estos dos sujetos económicos tan relevantes en la actual fase de acumulación.

A partir de la globalización comercial y productiva, los conglomerados transnacionales han encontrado enormes oportunidades para expandirse en mercados emergentes que les ofrecen importantes ventajas. Una definición sencilla de empresa transnacional es la que el especialista en Relaciones Internacionales Robert Gilpin propone: “Firma que posee y maneja unidades económicas en dos o más países. Por lo general, implica inversión extranjera directa por parte de una empresa y la propiedad de unidades económicas en varios países. Dicha inversión directa implica la extensión del control gerencial a través de las fronteras nacionales”. Para estos complejos transnacionales, la renta extraordinaria proviene de la capacidad de incorporar avances en sus procesos productivos y organizacionales. Por ende, los elementos clave a tener en cuenta para observar su crecimiento son la capacidad de obtener invenciones y patentes, la robotización de sus plantas (con la consiguiente pérdida de empleo) y la deslocalización. En las últimas décadas, la estandarización de los procesos manufactureros ha hecho posible trasladar el lugar de producción a países en vías de desarrollo que ofrecen amplias ventajas, tales como costos laborales bajos, beneficios impositivos y bajísimos niveles de control por parte de los Estados, lo que permite a los conglomerados exportar e importar sus productos o componentes entre firmas del mismo grupo. En la actualidad, aproximadamente el 60 % del comercio mundial es intraempresario.

En cuanto a los flujos de capital, la globalización financiera y la desregulación del sector han posibilitado el desarrollo de nuevos instrumentos a escala planetaria. El capital financiero obtiene su renta extraordinaria mediante la garantía que el nuevo orden mundial le otorga con el libre flujo de capital sin controles, lo que deviene en todo tipo de maniobras especulativas que van de la mano de la evasión impositiva o la multiplicación de productos financieros ficticios (como las hipotecas subprime) y demás activos tóxicos que produjeron la crisis del 2008 y que, no por casualidad, finalmente fue absorbida por el Tesoro Público o por los Bancos Centrales de los estados capitalistas avanzados. La ruptura de los acuerdos de Bretton Woods con el fin de liberalizar el sistema financiero en la década de los 70, fue el comienzo del proceso que dio origen al fenómeno de expansión de capitales a nivel global. Desde la década de los 80 y a partir de su desconexión del complejo productivo, la riqueza financiera aumentó, solo en EE. UU.,  alrededor de cuatro veces más que el PBI. Obviamente, los beneficiarios de este proceso han sido, por un lado, los grandes bancos y las aseguradoras, más tarde fusionados y convertidos en “corporaciones de servicios financieros” o en algún otro formato institucional del capital financiero. Y, por otro, los directivos y los CEO de todas estas compañías que promovieron la expansión de activos ficticios para acumular ganancias siderales a través de sus honorarios y comisiones.

Por otro lado, es importante mencionar lo que está en disputa para sostener o ampliar el liderazgo en el proceso de acumulación actual. Aquí entra a jugar otro factor: la inversión, ya que el núcleo más dinámico de esta fase de acumulación se encuentra en la capacidad de producir avances tecnológicos continuos que permitan a los líderes obtener ventajas frente a sus competidores. Hoy, este núcleo está ubicado en torno al conocimiento y a la relación que se establece entre el complejo científico-tecnológico y la actividad de la que se obtiene renta (productiva o financiera), lo que es extremadamente costoso. En relación a este aspecto, Elman Altvater y Birgit Mahnkopf, citando a Nigel Thrift, señalan: “Las fronteras institucionales entre los sitios tradicionales ―antes centrales― de la producción de conocimiento (universidades y centros estatales de investigación), los laboratorios industriales y las redes de investigación que operan globalmente se están volviendo cada vez más borrosas”. Las empresas líderes que no invierten elevados recursos en este núcleo de conocimiento científico-tecnológico quedan inevitablemente rezagadas y, en muchos casos, son absorbidas por otros jugadores que sí logran desarrollar avances.

Consecuencias no deseadas de la globalización

Las consecuencias negativas del libre flujo de capitales especulativos han impactado sobre los sujetos que confiaron en estos instrumentos del mercado y sobre los ciudadanos de las naciones que abrieron sus cuentas de capital para favorecer su ingreso (a cambio de ventajas en la privatización de empresas públicas o en la rentabilidad de dichas inversiones). Sobre los nefastos efectos que tuvo en nuestra región el endeudamiento externo, obvia decir nada. Y en cuanto a las consecuencias que generó en la población de los países desarrollados, particularmente en la de EE. UU., el crecimiento de la burbuja financiera relacionada con las hipotecas inmobiliarias, que más tarde derivaría en la crisis del 2008, solo citaré el ejemplo que en Sus crisis, nuestras soluciones Susan George plantea: “Algunas de las entidades crediticias advenedizas especializadas en subprime ya habían quebrado o despedido a cientos, incluso a miles de trabajadores […], pero quizá no fuera nada en comparación con los tres millones doscientas mil casas embargadas por los acreedores en 2008”.

En el centro de ambas estrategias de acumulación, la de conglomerados productivos y la de capitales financieros, se encuentra el imprescindible debilitamiento del modelo republicano de Estado-Nación, de sus capacidades de administración y control, y de su poder económico. Las reformas neoliberales de Ronald Reagan y de Margaret Thatcher fueron el comienzo de dicho ciclo, hoy enormemente extendido y sofisticado.

En conclusión, lo descripto hasta aquí sobre el comportamiento de los principales actores de la fase globalizada de acumulación capitalista evidencia algunas razones del deterioro en las condiciones de vida de las poblaciones de los países desarrollados de occidente. Además, pone de relieve la emergencia de China y del este asiático (incluso la de México y Centroamérica en lo que respecta a algunas industrias estadounidenses) al ofrecer oportunidades inmensas a los conglomerados transnacionales para expandir su proceso de acumulación sobre la base de aspectos como el volumen de mercado, el control social o la mano de obra barata. La fase actual del capitalismo globalizado explica también la pérdida de empleo en los países centrales; el debilitamiento de las instituciones públicas para hacer frente al desempleo, a la falta de cobertura social y a otras consecuencias de los procesos de deslocalización; la colonización por parte del nuevo statu quo de la política y, por ende, la voluntad de los Gobiernos de hacer absorber a sus poblaciones los costos del proceso. En síntesis, la globalización justifica el cierre definitivo del modelo de Estado de Bienestar que se constituyó a partir del New Deal en EE. UU.

El triunfo de Donald Trump, en parte, es la consecuencia de este proceso en los EE. UU.


REFERENCIAS

ALTVATER, E. Y MAHNKOPF, B. (2002) Los límites de la globalización, Buenos Aires, Siglo XXI Editores.

BRESSER-PEREIRA, L. C. (2010) Globalización y competencia, Buenos Aires, Siglo XXI Editores.

FALK, R. (2000) La globalización depredadora, Madrid, EFCA S.A.

GEORGE, S. (2010) Sus crisis, nuestras soluciones, Barcelona, Icaria Editorial.

GILPIN, R. (1990) La economía política de las relaciones internacionales, Buenos Aires, Grupo Editor Latinoamericano.