¿10 tapas de Clarín voltean un Gobierno?


Por Luis Vivori

Buenos Aires, 28 de agosto de 2018

Durante años una sentencia recorrió, inapelable, las aulas de las carreras de Ciencias Sociales en Argentina: 10 tapas de Clarín voltean cualquier Gobierno. La influencia de este diario sobre las decisiones políticas de los gobernantes y su capacidad para diseñar el sentido común de muchos ciudadanos eran evidentes. Una verdad palmaria que se constituía como hecho simbólico extrapolable a cualquier sociedad: un medio de comunicación haciendo uso de su poder para defender sus intereses periodísticos y, sobre todo, empresariales. ¿Sigue siendo así hoy día? Por un lado, los conflictos suscitados entre el kirchnerismo y el diario en los últimos años y, por otro, la enorme fragmentación y diversificación en el consumo de noticias de las grandes audiencias parecen indicar que algo está cambiando. Indagar sobre cómo se informan los argentinos y a qué medios o periodistas creen puede ayudarnos a encontrar una respuesta. No solo se trata de intentar constatar el peso real de Clarín en la actualidad, sino de ir más allá. Se trata de comprender el consumo de información política y la credibilidad de sus emisores desde una visión más abarcativa.  

 

“Pasan los Gobiernos, pero Clarín se queda”, a ese punto llegaban siempre sociólogos, comunicadores y politólogos a la hora de explicar la batalla desigual que el llamado “campo popular” emprendía contra el poder y sus representantes. En este caso, un único representante: Clarín. Ya era casi un dogma. Una verdad a secas, sin espacio para el retruque. En cada uno de los debates que intentaba comprender por qué buena parte de la población repetía como zombi razonamientos o eslóganes marcados a fuego por el gran diario argentino, se daba el presente como justificación. Se sumaban al convite militantes políticos de diversas corrientes de izquierda, de las más tradicionales a las más nac&pop. Sin importar la precisión en el número de periódicos que hacía falta para tamaña proeza, la intención en las discusiones era resaltar la enorme influencia de ese medio de comunicación en el devenir histórico de nuestro país. Sin embargo, ya se sabe, el tiempo corroe todo tipo de cimientos, incluso aquellos más arraigados.

Nuevos tiempos, nuevos hábitos informativos

Si bien el origen del periodismo puede remontarse a la oralidad y a los pergaminos de las primeras civilizaciones egipcias, persas y griegas, fue en el siglo XV cuando la humanidad publicó sus primeros diarios: el Nurenberg Zeitung en Alemania y el Journald’unburgeois en Francia. Poblaban sus páginas noticias sobre acontecimientos de la sociedad, no mucho más. Tendrían que pasar aún trescientos años más para que llegara el tiempo en el que la política apreciara el gran potencial de los medios. Fue entonces, a finales del siglo XVIII y, en especial, a partir del XIX, cuando el periodismo político comenzó a inundar los periódicos contando los avatares y las disputas del poder. Tan fuerte resultó el impacto de esta irrupción que empresarios inquietos e influyentes armaron sus propias publicaciones. El político y magnate de la prensa William Hearst (inspirador del personaje interpretado por Orson Wells en Ciudadano Kane) fue uno de ellos, largando al ruedo estadounidense innumerables diarios. Inventor de la prensa amarilla, Hearst hizo uso y abuso de sus medios de comunicación para sacar el mayor rédito posible. Su buque insignia: The San Francisco Examiner.

Más tarde, el siglo XX del periodismo político navegaría sobre el mismo océano, aunque iría agregando nuevas extensiones de agua. Así, a la prensa escrita se le sumaron, primero, la radio y, luego, la poderosa televisión. Estos nuevos soportes continuaron la tradición de poner las cuestiones políticas en primer plano, consiguiendo amplificar su potencia e influencia sobre el comportamiento de los dirigentes políticos y de sus audiencias, a la postre, sus votantes. La llegada de los multimedios, a fines de siglo, sirvió para disciplinar a todas las ramas del árbol bajo la misma consigna. Una poda que garantizaba que todos los brotes crecerían para el mismo lado: defender o atacar en defensa de sus propios intereses. Intereses como medios de comunicación e intereses como empresas, claro. Metafóricamente, si antes se habían defendido con el ejército, ahora le agregaban la marina y la aviación. Y todas las fuerzas dirigidas por un solo comandante en jefe, sin espacios para la disidencia. En consecuencia, todo aspirante a presidente estaba obligado a incorporar en su estrategia de poder a los dueños de los medios de comunicación. Dentro de este entramado, el grupo Clarín fue el más exitoso en Argentina, gracias a las concesiones extirpadas al Gobierno de turno a base de presiones y de artilugios.

Por su parte, el siglo XXI trae consigo un nuevo escenario. En este sentido, con prisa y sin pausa, la explosión de Internet y de las redes sociales viene transformando ya no solo la comunicación política, sino la política en su conjunto. Por otro lado, la forma en la que la población accede a la información también se encuentra en un proceso de transformación y de segmentación constante. El llamado consumo incidental de noticias, es decir, el acceso a las noticias sin buscarlas, al cruzárselas en una red social, ya es un fenómeno masivo. Las formas tradicionales de consumir información van perdiendo peso específico. De este modo, según datos del IVC de noviembre de 2014 sobre el grupo Clarín y sus medios más emblemáticos e influyentes, el diario pasó de vender casi 420.000 ejemplares hasta 2005 a menos de 250.000 en la actualidad. A su vez, según una investigación de Ibope, Telenoche, el noticiero del prime time de Canal 13, pasó de medir más de 15 puntos de rating en promedio a arañar los 10 puntos en estos últimos años. Por su lado, Radio Mitre muestra cifras similares en cuanto al descenso de audiencia.

En esta misma línea, una encuesta realizada por los comunicadores e investigadores Eugenia Mitchelstein y Pablo Boczkowski muestra que dos tercios de las personas en Argentina (un porcentaje cercano al 73 % entre los jóvenes) dice ver las noticias mientras navegan en las redes sociales. En consecuencia, la pantalla donde las personas encuentran las noticias con más frecuencia es la del celular, que permite una conexión constante. Como se puede deducir, el modo en que se incorpora una noticia a través de este medio solo deja ideas vagas, títulos semimasticados y, en la mayoría de los casos, confusión. Por otro lado, las noticias ofrecidas por los medios tradicionales también suelen aparecer mezcladas con fakes, diferentes interpretaciones de la información o usos que, incluso, ponen en crisis la veracidad de cualquier noticia que aparezca publicada en dichos medios.

Finalmente, si bien el trabajo de Mitchelstein y Boczkowski sugiere que esta práctica no implica “reemplazar los hábitos informativos preexistentes, ya que el acceso incidental a la información en redes sociales funciona como un complemento”, este cambio de hábitos aleja la posibilidad de tener a toda una población como rehén de un solo discurso, de un solo medio de comunicación y, sobre todo, de una idea fuerza a la cual someterse. Esta ausencia de exclusividad le quita lectores a las tapas de Clarín y a sus contenidos o, pensando en términos de multimedio, logra disminuir su audiencia. Todo este nuevo escenario sugiere, en principio, que el poder omnipresente del grupo sobre la sociedad podría estar comenzando a diluirse o, al menos, a perder fuerza.

Believe or not believe en los medios y en sus periodistas

Otro aspecto importante que merece estudiarse, y no solo con el grupo Clarín, es la credibilidad que tienen los medios de comunicación emisores de las noticias políticas en general, ya sean medios a los que se accede incidentalmente o medios a los que se visita con regularidad.

Pew Research Center, una organización no partidista con sede en EE. UU. especializada en encuestas de investigación demográfica, publicó en enero de este año una encuesta mundial sobre esta cuestión. Según este informe, solo el 37 % de los argentinos cree que los medios cubren los asuntos políticos locales de manera justa o imparcial. Un número alejado del 52 % del total en el mundo y aún a más distancia del 77 % de Indonesia, país que registra el mayor índice de credibilidad en sus medios.

Al mismo tiempo, un sondeo efectuado por el Instituto Proyección Ciudadana entre los días 22 y 28 de enero de este año en el Área Metropolitana de Buenos Aires (AMBA) revela que el 31,6 % de la población encuestada escoge la televisión como el medio más confiable para informarse sobre cuestiones políticas. A continuación estarían las redes agrupadas, con un 25,3 %, el diario, con un 21 %, y la radio, con un 20,3 %. Estos guarismos responden a una sociedad que aún no ha terminado de cambiar de piel, pero que está en proceso. De este modo, al segmentar los datos por grupo etario, vemos que en la población de entre 21 y 40 años crece con fuerza la credibilidad de Twitter y que el primer lugar lo ocupan las redes sociales agrupadas. Es un hecho: las futuras generaciones ya transitan caminos muy diferentes a los tradicionales a la hora de informarse. En pocos años, conformarán el grueso del padrón electoral.

Por otro lado, se hace inevitable sumar a este análisis el marco político del que venimos. Las disputas encarnizadas entre el Gobierno de Cristina Fernández de Kirchner y el grupo Clarín, además de otros medios, fue galvanizando la idea de una Argentina dividida en dos bandos y, sobre todo, la consolidación de una atmósfera de incredulidad con respecto al mensaje de los medios. La verdad de cada uno de estos bandos la cuentan comunicadores que defienden las ideas o dirigentes que ellos apoyan. Un claro ejemplo de esta idea es que, en la Argentina, el 47 % de las personas que avalan la administración Macri están satisfechas con los medios de comunicación, léase el grupo Clarín y La Nación, principales sostenes de dicho Gobierno. Sin embargo, esta cifra baja al 33 % si los que opinan no respaldan al actual presidente. Estos aspectos no surgieron en los años de confrontación, pero sí se hicieron eco de una tendencia que venía de décadas atrás, robusteciendo muchas de sus aristas. Así es como la gente tiende a creer en aquellos medios que les dicen lo que quieren oír.

En este sentido, según datos de la ya mencionada encuesta del Instituto Proyección Ciudadana, el diario Página 12 es el más creíble entre los que tienen una imagen negativa del Gobierno nacional. En consecuencia, la imagen de Página 12 aumenta o disminuye de manera inversamente proporcional a la del Gobierno. A su vez, para este grupo, Clarín es el diario menos confiable. Sin embargo, por el contrario, Clarín ocupa el primer lugar en credibilidad y La Nación el segundo entre los que tienen una imagen neutra o positiva del oficialismo.

Es decir, la evidente parcialidad de los medios argentinos se transforma, por arte de magia, en imparcialidad dependiendo del lugar que se ocupe en el universo de la política. Si hace diez o quince años, el grupo Clarín y sus medios eran considerados por buena parte de la sociedad como portadores de una información objetiva o, al menos, de cierto prestigio informativo, hoy ese universo parece haberse reducido solo al grupo de fieles que oyen, ven y creen aquello que quieren oír, ver y creer.

Una nueva configuración con espacio para el cara a cara

Todo lo expuesto hasta aquí desnuda la fragilidad de ciertas premisas tomadas como verdades sagradas durante décadas en el campo de la comunicación política. Además, merece la pena aclarar que, con el objeto de no complejizar demasiado, en esta nota se ha analizado el eje Clarín/Gobiernos tomando como referencia solo algunos aspectos del flujo informativo actual y dejando fuera otras muchas variables y hechos irrefutables que también fortalecen la idea de que algo está cambiando. Así, el triunfo de Cristina Fernández de Kirchner en 2011, con un 54 % de los votos, mientras Clarín ofrecía, una tras otra, tapas en su contra es uno de los hechos más representativos al respecto. En cualquier caso, no solo debería ponerse en consideración la relevancia de una tapa de Clarín o de una idea propagada por ese multimedio, debería debatirse también cuál es el peso real de los medios de comunicación tradicionales en cualquiera de sus soportes.

Una audiencia con consumos periodísticos tan variados en cuanto a su acceso, constancia y profundidad como la actual quita densidad a cada una de las partes que operan dentro de este campo. Ningún medio puede por sí mismo instalar o defender a un candidato o proyecto si no cuenta con la potencialidad lograda sobre la base de la unidad de todas las partes. Es decir, ni un diario ni una radio ni una red social en solitario puede alcanzar un gran impacto. La migración constante de público de las radios o de los canales de televisión a otros soportes informativos, en especial por parte de las generaciones sub-40, colabora aún más a esta dispersión. A su vez, la peculiaridad intrínseca de las redes sociales de mutar a pasos acelerados a nuevos dispositivos y/o tecnologías hace que las consecuencias sean imprevisibles en cuanto a flujo de información. Por último, el fenómeno de la posverdad, potenciado en estas mismas redes sociales, va poniéndolo todo en el terreno de la sospecha o, al menos, en aquel donde la información política solo aparece como espejo de creencias previas que necesitan reafirmación. Terreno en el que no hay margen para la reflexión  ni para la información basada en hechos constatables y sin manipulación ni para la construcción de nuevos paradigmas.

Frente a este panorama, todos aquellos que abracen la política deberán interpretar y operar de forma inevitable sobre esta nueva configuración. Sus posibilidades de inserción requieren hoy de una estrategia que les permita multiplicarse, aprovechando cada uno de los espacios que ofrece esta dinámica mixtura y escapando de rótulos y ataduras. Además, resulta preciso añadir a este accionar la forma de comunicación más primitiva y efectiva: el face to face. Nada más directo y genuino que enfrentarse a un cara a cara. Así, sin intermediaciones de ningún tipo, existirán más posibilidades de diferenciar al ladrón del señor y a la Biblia del calefón. Los miembros de la sociedad lo agradecerán.

 


REFERENCIAS

INSTITUTO PROYECCIÓN CIUDADANA (2018) “Encuesta credibilidad de periodistas políticos”, extraído de: https://proyeccionciudadana.org.ar/pdfs/credibilidad-periodistas-politicos.pdf

MITCHELSTEIN, E. y BOCZKOWSKI, P. (2017) “Juventud, estatus y conexiones. Explicación del consumo incidental de noticias en redes sociales”, extraído de: http://www.revistas.unam.mx/index.php/rmop/article/view/61647/55482

PEW RESEARCH CENTER (2018) “Publics globally want unbiased news coverage, but are divided on whether their news media deliver”, extraído de: http://www.pewglobal.org/2018/01/11/publics-globally-want-unbiased-news-coverage-but-are-divided-on-whether-their-news-media-deliver/